El ascua de la Semana Santa aviva la llama de las últimas bodegas de Ponferrada

habitualmente en los bajos o bodegas (de ahí su nombre) de los propietarios de las casas del barrio antiguo… pero también en cocheras. En todas estas tascas y tabernas se servía vino de la casa y otras bebidas que quedan en la memoria de generaciones, como el ‘tumbadiós’ o la ‘leche de pantera’. Hubo más de 40, y quedan algunas históricas como El Sordo, El Pescador, El Tigre o El Racimo

  Jueves, 24 de marzo de 2016

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Fotografías: Víctor Alón

La llegada de la Semana Santa y la tradición de beber limonadas para celebrar la Pascua hacen revivir en Ponferrada la tradición de la ronda de bodegas, antiguos locales de la zona alta, habitualmente en los bajos o bodegas (de ahí su nombre)  de los propietarios de las casas del barrio antiguo… pero también en cocheras. En todas estas tascas y tabernas se servía vino de la casa y otras bebidas que quedan en la memoria de generaciones, como el ‘tumbadiós’ o la ‘leche de pantera’, a precios populares. La ciudad, en la que antaño hubo cerca de una cuarentena de estos establecimientos, mira con nostalgia hacia estas bodegas que, con nombres como El Sordo, El Pescador, El Tigre o El Racimo, se han convertido en los últimos supervivientes de una época pasada.

 

Salvador y Elvira son desde hace 43 años los propietarios de la bodega El Racimo, en la calle Los Almendros, cerca de la calle Ancha. “Tres años antes ya habíamos abierto la bodega aunque sólo servíamos a los clientes mientras nos duraba el vino de la cosecha”, explica Salvador. Su hija, Cristina, casi vino al mundo en la bodega. “Mi madre rompió aguas aquí, mientras estaba trabajando”, explica, orgullosa, mientras muestra las antiguas licencias del local.

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En la calle de la Cruz de Miranda, dos mujeres atienden la bodega El Pescador. Son Marina y Ana, madre e hija, y llevan más de 30 años detrás de la barra. Ana se queja de las trabas que les imponen las administraciones para continuar abiertos. “A ver si nos dejan subsistir”, explica.

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Detrás mismo de la Basílica de la Encina, bajando unas escaleras, encontramos la bodega El Tigre, regentada por Pedro desde 1988. “Antes abría una bodega nueva cada año y ahora es al revés: cada vez quedamos menos”, explica.

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Y en la calle Pregoneros, Milagros, ganadora del concurso de balcones de 2015, lleva las riendas de la bodega El Sordo, más conocida entre los jóvenes como La Oreja, por el famoso pincho de oreja de cerdo que se sirve. 34 años de experiencia avalan a este local, en el que el ‘tumbadiós’ es la bebida más demandada.

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Lugares donde la tradición manda

La antigua tradición dictaba que las bodegas colgaban una bandera blanca en la puerta para informar a los clientes que había vino de la cosecha. Hoy día, la mayoría de las bodegas ya no sirven vino propio aunque Salvador sigue sirviendo el caldo que proviene de sus viñas de Villanueva de Valdueza. “Yo antes trabajaba en la construcción y vivíamos aquí encima pero ahora nos hemos ido a vivir a una casa en Compostilla”, explica el propietario.

En El Tigre, Pedro recuerda como los estudiantes recorrían las bodegas el día en el que recibían las notas del trimestre, una tradición que se abandonó hace cerca de 15 años por las escenas que se vivían alrededor de la plazuela de la Torre de San Lorenzo. “Antes la gente entraba, consumía rápido y salía para seguir la ronda, ahora pasan 3 o 4 horas aquí sentados”, recuerda.

Milagros, en la bodega El Sordo, también cita la apertura de otras zonas de ocio en la ciudad, como fue el caso de La Gran Manzana, como una de las causas que dio el tiro de gracia al colectivo. Entre la clientela un hombre mayor recuerda que, en otros tiempos, en Ponferrada “llegaron a haber 27 bodegas y yo las andaba todas”. “No podían pasar los coches por la calle”, explica.

En la bodega El Pescador, Ana hace subir el número de bodegas existentes en Ponferrada hasta las 40 y explica que alguna vez ha visto un mapa antiguo en el que figuran todas. Las paredes de piedra del local son un reflejo de la crónica social de la capital berciana durante las últimas décadas y Ana y Marina se resisten a reformarlas. “Para eso monto un bar, que nos cobran los mismos impuestos”, explica. Para Ana, la tradición y el ambiente son, junto al precio, el gran atractivo de las bodegas. “Aquí encuentras gente desde 18 a 90 años, es un lugar familiar y muchos de los que habían venido como niños ahora traen a sus hijos”, explica.

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Un menú a base de bebidas y pinchos caseros

Como en el caso de La Oreja, la bodega El Tigre recibe su nombre de uno de los pinchos que ofrece Pedro, una croqueta rellena de mejillones. Y es que las exclusivas de la casa son uno de los aspectos en los que las bodegas compiten entre sí. En El Sordo, Milagros presume de tener “la patente” del ‘tumbadiós’, una bebida de receta secreta –“esto es como la fórmula de la Coca-Cola”- heredada de otra antigua bodega de la calle del Hospital. En la parrilla del local, los clientes disfrutan de manjares como la panceta o el chorizo asado.

En El Pescador, Ana descubre tres de los ingredientes de su famosa ‘leche de pantera’: leche, azúcar y canela. “El resto no se puede decir”, comenta. Entre los pinchos, destacan las sopas de ajo y la fabada. “ Aquí respetamos la vigilia”, dice Ana, mientras sirve una tapa de pescado. Jamón, torreznos o empanadas completan un menú tradicional, que se completa con vino a 0,60 euros el vaso.

 

El futuro de las últimas bodegas

Los propietarios de las últimas bodegas de Ponferrada lamentan la desaparición de gran parte de los locales que en otro tiempo poblaban la zona alta de la ciudad. “Tenemos que echarle imaginación y encontrar nuevos clientes”, explica Pedro, de El Tigre. “La limonada nos ayuda, en mi caso casi triplico la clientela habitual”, remata. En El Sordo, Milagros reconoce que tiene “ganas de jubilarse” aunque el hecho de ser sede de la peña Los Pregoneros de la Sociedad Deportiva Ponferradina les impulsa a seguir con la tradición.

En El Racimo, Cristina explica que, hace años se fue a Bilbao para montar allí su vida aunque años más tarde volvió a Ponferrada para hacerse cargo de la bodega familiar. Un caso parecido es el de Ana, que admite que le daría pena ver cerrado el local de su familia. “Yo he vuelto porque me hace ilusión llevar esto y los chavales lo demandan aunque no se concedan ya licencias nuevas”, reconoce.

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