Érase una vez… el colegio de internos de ‘Vega': 20 años de su clausura

Ya han pasado 20 años desde que el centro en régimen de ‘internos’ cerrará sus puertas. En la actualidad, el de San Andrés de Vega de Espinareda sigue recopilando anécdotas por parte de sus ex alumnos y profesores que, este año, se reunirán para celebrar el 50 aniversario de su fundación. Recorremos el colegio 20 años después.

  Viernes, 3 de abril de 2015

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Vista principal del monasterio que sirvió de colegio y hogar para niños en Vega de Espinareda (Víctor Alón).

No todos los cuentos tienen un final feliz. O por lo menos no todos acaban como uno espera y desea. El desenlace de la historia del Colegio Diocesano de San Andrés de Vega de Espinareda, inaugurado en 1964, fue bastante “triste e injusto” para una buena parte de los más de 8.000 alumnos que pasaron por el centro hasta el finales de 1995, año en el que profesores y empleados se vieron obligados a echar el cierre por falta de subvención. 20 años después de este suceso, el San Andrés vuelve a abrir sus puertas para recibir al diario Infobierzo y hacer un recorrido por sus principales estancias recordando algunas de las anécdotas más interesantes de sus treinta años de vida.

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José Antonio Librán , José Antonio Gutiérrez, Emiliano Simal, Avelino Rellán y Rosana, ex alumnos y profesores del colegio. (Víctor Alón).

Los vinilos de Pink Floyd, Rocío Durcal o Los Pecos, entre muchos otros, todavía siguen custodiando la cabina microfonada del primer piso del antiguo Colegio Diocesano de San Andrés de Vega de Espinareda. Un rinconcito de apenas dos metros cuadrados desde el cual, todos los días durante 30 años, el profesor que estuviera de turno ponía a funcionar el tocadiscos a las siete en punto de la mañana para despertar a más de un centenar de internos que dormían al otro lado del pasillo. “Dicen que la música amansa a las fieras, pero también ayudaba a comenzar la jornada con mejor humor”, bromea don Avelino Rellán, el primer rector y director del centro durante más de dos décadas.

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Rellán, rector y director de la institución durante más de 20 años, mostrando algunos vinilos con los que depertaban a los alumnos (Víctor Alón).

A su lado y paseando por los principales rincones de la histórica institución es inevitable retroceder en el tiempo y reconstruir las rutinas que, tanto maestros como alumnos, protagonizaron día sí y día también desde aquel incio del primer curso en octubre de 1964, año en el que muchos niños de la Comarca y de la provincia tuvieron que despedirse de sus padres (en la mayoría de los casos emigrantes) para recibir la educación que ningún otro municipio berciano les podía ofrecer.

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La cartilla que se les entregaba a los alumnos al inicio de curso, que recogía los horarios, el calendario, los hábitos que debían seguir… (Víctor Alón).

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Una de las habitaciones de los internos (Víctor Alón).

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El aspecto actual de los aseos ubicados en la primera planta del monasterio. (Víctor Alón).

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Otra de las estancias de descanso con la que cuenta el colegio. (Víctor Alón).

“Las clases comenzaban a las 9, pero, antes, los chicos debían desayunar, hacer la cama y asearse para bajar al pabellón contiguo y completar su hora de estudio matinal”, explica Rellán, quien apunta que el internado siempre fue exclusivamente masculino. “Las chicas entraron a formar parte de la comunidad, solo de manera externa, en los 80”. Aunque el sacerdote recuerda todos esos detalles con pelos y señales -solo hay que escucharle para darse cuenta de que su estancia allí ha sido la etapa más importante de su vida- no hay nadie mejor que Emiliano Simal para retratar los primeros días de actividad del San Andrés.

Con apenas 25 años, Emiliano fue destinado a Vega de Espinareda desde Cervera de Pisuerga (Palencia) para ejercer como profesor de Geografía e Historia. Ahí vivió y trabajó hasta el curso del 70/71, incluidos los veranos, en los que también se encargaba de dar clases de refuerzo a todos aquellos niños que tenían que recuperar materias y que asistían a diario a las instalaciones reconstruidas sobre el monasterio benedictino del S.X. No obstante, el palentino reconoce que “prescindir de las vacaciones no era algo que me preocupara demasiado”, pues ese destino profesional también le trajo el amor. “En Vega aprendí mucho, enseñé otro tanto y conocí a la que hoy en día es mi mujer”, cuenta.

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Rellán, Simal y Librán recordando algunas anécdotas como profesores en distintas etapas de la historia del San Andrés (Víctor Alón).

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Una sala de estudio, donde los niños y niñas pasaban gran parte del día (Víctor Alón).

En esa misma época José Antonio Librán también iniciaba su etapa en el colegio, pero en su caso como alumno. El vecino de la localidad ingresó con apenas diez años y permaneció en el mismo hasta los 17. A pesar de que él no estaba interno, también se quedaba a comer allí en alguna que otra ocasión “porque mi madre trabajaba como cocinera”, cuenta mientras observa con cierta nostalgia los pasillos por los que tantas veces jugó a pillar de pequeño. “A mediodía, bajábamos al comedor, cogíamos nuestra servilleta del casillero y tomábamos asiento para devorar los platos que nos preparaban a diario”, mientras tanto un fraile les leía desde un púlpito que coronaba el salón -hoy convertido en jardinera-. “Apenas teníamos una hora y media hasta que volvíamos a retomar las clases a las tres, por lo que, si acabábamos pronto, podíamos salir al patio a jugar un rato antes de volver al estudio”. Sino, ya tenían que esperar a las cinco para poder disfrutar del recreo, un tiempo de ocio que duraba apenas 60 minutos, “porque de seis a nueve había que volver a hincar los codos”, añade José Antonio esbozando una gran sonrisa.

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Avelino Rellán señala los casilleros en los que los internos debían de dejar su servilleta al entrar y al salir del comedor. Cada uno tenía consignado un número (Víctor Alón).

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Vista general de uno de los comedores, por el que pasaban a diario más de 200 niños (Víctor Alón).

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La estancia donde se cocinaba el menú diario. Varias madres de estudiantes trabajaron allí hasta el cierre del centro (Víctor Alón).

Eran hábitos estrictos, es verdad, pero para la mayoría de los alumnos que pasaron por el colegio en algún momento de su vida “fueron tiempos que guardamos con mucho cariño y a los que le debemos muchos de nuestros éxitos”. El esfuerzo y la constancia hacían que el 95% de los chicos que hacían la Reválida la aprobasen con nota. “Los de letras no necesitaban ni diccionario”, señala José Antonio Gutiérrez, uno de los compañeros de Librán desde el 64 hasta el 70 y también vecino de Vega. Gutiérrez reconoce que protagonizar alguna travesura en las instalaciones del colegio no era tarea fácil, pero tampoco imposible. “En algunas ocasiones te librabas del castigo porque los profesores hacían la vista gorda, pero en otras…”, confiesa con mucho humor. Como él también era externo, muchos de sus amigos le encomendaban la labor de llevarle a las chicas del pueblo las cartas que escribían en sus ratos libres. Según define él “una manera de ligar a distancia”.

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El patio trasero por el que tanto internos como externos hacían cola para entrar al pabellón que albergaba las aulas. Todavía se mantiene en pie un pequeño parque de recreo y la fuente que tanta sed calmó (Víctor Alón).

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Una de las clases del colegio, a la que asistían hasta un máximo de 40 alumnos (Víctor Alón).

A Luci, por su parte, le separaban muchos años de haber sido una de las destinatarias de estas epístolas de amor adolescente que hoy seguro permanecen en el fondo de los cajones de muchas bercianas, pero una década después el destino quiso que ella también entrara a formar parte de la histórica familia del San Andrés siendo una de las primeras que inauguró las clases mixtas. La actual profesora de Educación Infantil habla de ese tiempo con mucha dulzura y reconoce que los maestros y sacerdotes siempre se portaron muy bien con ella. “Por desgracia me quedé huérfana muy pequeña y ellos me ayudaron a poder continuar con mis estudios a la vez que me hacía cargo de mis hermanos”. Los bolazos de nieve con los que los internos más traviesos la recibían en la época invernal a ella y a las otras únicas cuatro chicas que estudiaban por aquel entonces en el centro “no hicieron desaparecer el buen sabor de boca con el que dejé el cole en el 84 para estudiar mi carrera”. Es más, cuatro años después volvió a pisar el monasterio hasta el último curso que permaneció abierto, pero esta segunda vez para encargarse de llevar la clase de 0 a 3 años.

Tanto ella como Librán, que también cruzó la línea de los pupitres a la sala de profesores, vivieron en sus carnes cómo los que les habían preguntado la lección durante su infancia pasaban a convertirse en sus compañeros de trabajo, algo que para ambos resultaba casi increible. “Hasta tal punto que seguíamos dirigiéndonos a ellos de usted”, coinciden. Para los dos eso era una muestra “de respeto, admiración y cariño” y sigue siéndolo hoy en día.

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Varias estancias de la institución. Desde las escaleras principales de acceso a las habitaciones, pasando por el aula de profesores o el salón de actos (Víctor Alón).

La institución que se inauguró con 116 matrículas a mediados de los 60 llegó a albergar entre sus paredes a más de 400 alumnos en los años ochenta, cifra que fue disminuyendo a finales de esa década debido a varios factores, como fueron la desaparición de la emigración en la zona, la creación de otros centros de enseñanza pública en la Comarca o la apertura de la Escuela Hogar de Ponferrada. Todo ello provocó que cada vez fuese más complicado mantener en funcionamiento las 14 aulas del centro, pagar los sueldos de todos los profesores en activo y abastecer las necesidades del edificio. Por más esfuerzos que se aunaron para impedir el cierre del colegio, el desenlace ya estaba escrito. En junio de 1995 el San Andrés llegaría al final de su camino, por lo que el rector se ocupó de gestionar las matrículas de los alumnos en otros centros de El Bierzo para el siguiente curso y de buscar nuevos destinos para sus compañeros. “Nada debía de quedar al azar”, sentencia Avelino Rellán.

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Escudo flor de lis del himno del centro (Víctor Alón).

Unos y otros comenzaron una nueva etapa en la que las anécdotas seguían y siguen estando presentes cada vez que oyen el nombre de Vega. A los testimonios de Librán o de Emiliano se suman los de otras decenas de personas más a quienes lo primero que se les viene a la cabeza cuando les preguntan por su experiencia en el colegio diocesano son “las horas de recreo en los crudos inviernos que acechaban el municipio, el traslado de las aulas al nuevo edificio colindante al monasterio -con el mejor laboratorio de química de la provincia”-, la tienda de cuadernos y de lapiceros que se encontraba en la planta baja o las excursiones en el microbus propiedad de la escuela que a diario recorría los pueblos de alrededor para recoger a los alumnos que no tenían forma de llegar al centro”. No obstante, las misas matinales o la hazaña deportiva que protagonizó el equipo cadete masculino al convertirse en subcampeón de España en los Juegos Escolares celebrados en Murcia en 1980 tampoco se quedan atrás en el libro ‘guinness’ de la institución.

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Los antiguos alumnos se reúnen por el 20 aniversario del cierre

Para otros, como Paco Reguera (presidente de la subdelegación comarcal de fútbol) o Santiago Rodríguez (alcalde de Vega de Espinareda) la anécdota más importante que guardan en su retina es que el “San Andrés se ha definido por ser un lugar en el que siempre reinó una gran convivencia”. Un concepto que parece seguir manifestándose en la actualidad con las reiteradas reuniones que se celebran anualmente entre ex profesores y ex alumnos con motivo de la festividad del patrón de la localidad que atraviesa el río Cúa.

Las más multitudinarias tuvieron lugar en los años 2008 y 2011, en la que cerca de 500 personas (algunas llegadas desde Alemania o Brasil) volvieron a darse cita en las instalaciones del colegio para revivir los mejores momentos de su infancia, compartir mesa y mantel e intercambiarse teléfonos y direcciones después de tanto tiempo sin verse.

Será el próximo 13 de junio cuando los discípulos del San Andrés vuelvan a tener la oportunidad de viajar al pasado, devolviendo el bullicio a las aulas y al patio que un día dejaron vacíos. Eso sí, muchos de ellos regresan con algo menos de pelo, más experiencias a la espalda y ya frisando los sesenta y setenta años. La Comisión, encabezada por Librán y Avelino, ya está ultimando los detalles para la fiesta del cincuentenario de la fundación de ese colegio “que un día se convirtió en el referente educativo de la Comarca y que, para la gran mayoría, significó una segunda oportunidad de encontrar el hogar al que tenían que renunciar por razones económicas o familiares”.

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Vista del patio interior y lugar de recreo de los alumnos (Víctor Alón).

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Algunas fotografías tomadas en la última jornada de convivencia celebrada en 2011, a la que asistieron cerca de 300 ex alumnos y profesores.

 

 

¿Quién sabe? Quizás a la historia de este colegio berciano todavía le queden muchos más capítulos por escribir. Mientras tanto, vean una galería de imágenes que, seguro, a más de uno, le traerán muy buenos recuerdos.

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Carta de felicitación al colegio por su triunfo deportivo en Murcia

 

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