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MORIR BAJO TU CIELO, DE JUAN MANUEL DE PRADA

La gente con agallas e ideales cuyo ejemplo quienes no tenemos energías para la épica tal vez no sepamos seguir, pero no debemos olvidar.

Ese modelo humano de elevada representatividad que es, a su particular modo, cada héroe y cada santo.

El lado sublime y el lado grotesco de la historia.

El valor, la amistad y la fe como componentes de ese motor del heroísmo que es la ética de la resistencia.

Comienza la nueva novela histórica de Juan Manuel de Prada MORIR BAJO TU CIELO (Ed. Espasa), un alegato en forma de epopeya tan verista como fílmica e ideológica, magnética reivindicación de la necesidad de héroes y motivos y pasado tanto para saber que somos como para ser y seguir siendo, presentando a Teodorico Novicio, líder local de los insurgentes filipinos que, una vez concluida la paz de Biacnabató (la cual había puesto en 1897 un fin temporal a las hostilidades con España) estaba en Baler, lugar del que era originario, ya pensando en la futura insurrección. Aparece en este punto ya el interesantísimo pero inverosímil personaje de Sor Lucía –una mujer elocuente y profunda que en su pensamiento teológico parece un cruce entre Hans Urs Von Balthasar y Leonardo Castellani- manteniendo teológico-políticas conversaciones con Novicio sobre la existencia de Dios y la rebelión filipina (en este punto adelanto ya que a mi juicio Sor Lucía es presentada con una mentalidad muy “moderna” que no perece encajar con la de una monja de aquel tiempo. Novicio encabezará una rebelión contra las fuerzas españolas en Baler que se limitará a una escaramuza, la cual culmina con el suicidio de un oficial español cuando se vio acorralado por los hombres de Novicio, que al final huyen a la jungla llevándose como rehenes a las Hijas de la Caridad de Baler, entre ellas Sor Lucía.

El trama con ramalazos folletinescos habilidosamente dosificados, como ya hiciera así el autor en su novela anterior EL SÉPTIMO VELO (Ed. Seix&Barral), continúa de modo digresivo pero efectista –técnicamente este proceder argumental resultaría en formato de cine pero creemos que no cuaja bien en una novela- desarrollando la historia de otro de los personajes que acabarán en el sitio de Baler: el capitán Las Morenas, un oficial que sale desde España para Filipinas y se nos presenta como un hombre contradictorio atrapado en un matrimonio sin amor y condicionado por las obligaciones militares y por su hijo Enrique, que le profesa gran admiración… En este punto encontramos otro de los escasos deficíts de credibilidad de esta novela: tampoco parece muy realista la clara conciencia de Las Morenas, que parece ya aventurar el fracaso de la Paz de Biacnabató y el erróneo comportamiento de la administración española en Filipinas…

Otro personaje fascinante por su cariz de contrapunto y que aparece en esta parte es el teniente Martín Cerezo, atrapado por la tragedia personal de la muerte de su esposa e hija en el parto. Desde el primer momento desarrolla una hostilidad hacia la religión, a la que hace culpable de la muerte de su esposa, muy devota: de hecho paulatinamente transformará su tibio anticlericalismo en profundo odio. Se embarca igualmente hacia Filipinas y una vez allí empieza a desarreglar sus sentidos y a frecuentar locales sórdidos y a consumir drogas (el recuerdo de su esposa e hija le siguen atormentando).

A continuación aparece Fray Cándido, un fraile cabal que se entrevista con el arzobispo de Manila antes de ser destinado a Baler y mantiene una conversación en la que ambos, fraile y arzobispo, hacen un repaso tampoco muy realista pero sí muy pertinente, pues da la visión del autor de modo claro, de la labor de la Iglesia en Filipinas contraponiéndola a políticos, funcionarios y periodistas que compiten por detentar una posición aventajada aprovechándose de los filipinos.

Aparecen a continuación los soldados que son destinados a Filipinas y todos ellos conviven en un barco que durante la larga travesía hace escala, por ejemplo, en Port Said, donde frecuentan locales turbios. Por supuesto durante la travesía se producen las consabidas conversaciones entre los soldados y cada uno cuenta su historia, generalmente llena de pobreza y penalidades, ya que como es sabido en aquella época de “soldados de cuota” los ricos evadían el reclutamiento pagando una cantidad (cada uno tiene una procedencia y, curiosamente, uno es de Valdelugueros, en la montaña leonesa).

Novicio finalmente libera a las monjas que se llevó de Baler, quedando sólo Sor Lucia, con quien vagará por la jungla (manteniendo unas conversaciones sobre la existencia de Dios de fina densidad teológica que, de nuevo, aunque sin duda de altura no parecen muy verosímiles). La convivencia hace que Novicio se vaya enamorando platónicamente de Sor Lucía, pero esto es algo tratado con tanta delicadeza y sutileza que resulta una delicia psicoanalítica.

En la jungla se enfrentarán a fieras y tendrán siempre la asechanza de los Ilongotes (los primitivos habitantes de esa zona).

A todo esto se viene desarrollando la rebelión filipina, dirigida por el Katipunan (una sociedad secreta creada en Filipinas y que estaba vagamente inspirada en la masonería) y alentada por los Estados Unidos.

Aparece un nuevo personaje, don Ramiro, que es un viejo carlista que se ha asentado en una hacienda cercana a Baler. Le acompaña su hija Guicay, una bella mestiza con inquietudes que le llevan a conocer la obra de José Rizal, el Noli me tangere que, atacando la dominación española y las órdenes religiosas, se había convertido en la obra de referencia de los rebeldes filipinos. De hecho, Rizal fue ejecutado por sedición en 1896.

El siguiente personaje es Rutger van Houten, turbio e inquietantemente desatado comerciante holandés que, desde luego, tiene el papel de malo en la novela. Odia a España, los españoles, la religión católica, las razas que considera inferiores (por lo cual alaba la colonización holandesa, con un estricta separación de etnias), e incluso el idioma español. Fantasea a menudo con la realización de un holocausto que ahogue en sangre esta sociedad que tanto odia (y para lo cual suministra armas a los tagalos, a los que también guarda profundo rencor). Finaliza una reunión del Katipunan en la que se conspira contra España y después acude a un prostíbulo en el que disfruta con las niñas que están allí y, en el colmo de la maldad, narcotiza y abusa de una de ellas.

Los soldados que se embarcaron en España van llegando a su destino mientras conversan de lo divino y lo humano, cuentan sus experiencias y se van encontrando por el camino con diferentes gentes, especialmente el submundo que habita los puertos en los que hacen escala.

Las Morenas y Martín Cerezo llegan a Manila y allí se presentan al gobernador de Filipinas, el general Primo de Rivera. Allí se encuentran con fray Cándido y todos ellos debaten sobre la situación de Baler, su próximo destino. A continuación se encuentran con la tropa que irá a Baler y los soldados exponen su situación personal (generalmente cercana a la miseria). Se les concede una noche para que vayan de juerga y nuevamente las conversaciones entre ellos sorprenden por la clarividencia con la que comprenden la situación filipina e incluso aventuran la futura intervención de Estados Unidos con alguna excusa (dicho esto antes de la voladura del Maine en Cuba).

Empieza el traslado de todos ellos a Baler en tren. Allí aparece Guicay, la culta y magnética hija del hacendado que vive cerca del destacamento. Guicay se enamora a primera vista el soldado Chamizo, que es el recluta más atípico del grupo por su preparación (es maestro).

Ya en Baler, tenemos de nuevo a Sor Lucía, que monta una escuela para instruir a los niños de la localidad. Vuelve a aparecer Novicio, que sigue manteniendo largas charlas con ella defendiendo su visión atea (si acaso próxima a las creencias indígenas) de la vida en un tono constructivo y elevado que enriquece al lector.

Una vez instalados todos en Baler se va preparando la tragedia.

Los soldados se dedican a las labores de preparar el campamento con vistas a posibles revueltas. En ese punto aparece Moisés, un joven que resulta ser hijo de fray Cándido y es la razón de que hace años fuera destinado lejos de Baler. El joven Cándido (que desconoce el secreto de su origen) flirtea cada vez más con los rebeldes filipinos. El clima general es de desconfianza respecto a la anterior sublevación, que provoca largas discusiones entre unos y otros sobre si deberían confiar en los filipinos.

Se celebran algunas fiestas en la hacienda de don Ramiro en las que Van Houten acosa a Guicay y quedan muy claras sus intenciones. Un episodio retrata claramente la forma de ser del holandés: al salir de la hacienda sufre una caída del caballo y reacciona azotando al sirviente filipino al que juzgaba culpable. El capitán Las Morenas le detuvo e impidió que siguiera castigando al filipino.

Novicio comienza los preparativos de la insurrección, siguiendo órdenes de Aguinaldo, el cabecilla de la rebelión en Filipinas. Van Houten aparece como proveedor de armas e instigador de la revuelta en las reuniones del Katipunan; a la salida de una de ellas mata con sus propias manos a un asistente que no coincidía con sus planteamientos.

Finalmente, del mismo modo que en toda Filipinas, estalla la insurrección en Baler e igualmente la hacienda de don Ramiro es tomada por un grupo de insurrectos que queda bajo el mando del joven Moisés, a quien Novicio le encarga vigilar a Van Houten, quien por supuesto está con los insurgentes suministrando armas. Los soldados se atrincheran en la iglesia, al juzgar que será la posición más fácilmente defendible. Un primer asalto es rechazado y todos se refugian en la iglesia. Este será el primero de una serie de ataques, siempre repelidos por los españoles, y también llamamientos a la rendición que son siempre desatendidos o ignorados debido a que los sitiados, totalmente aislados, no creen las noticias que hablan de las ciudades que progresivamente van cayendo, incluida Manila. Los españoles intentan salidas de su encierro para aprovisionarse; en una de ellas muere el soldado procedente de la montaña leonesa. Mientras tanto Sor Lucía, que convive con los insurrectos en el dispensario que está a su cuidado, hace de mediadora para intentar la rendición de la plaza y evitar más derramamiento de sangre; en una de sus mediaciones decide quedarse con los soldados al considerar que son quienes más necesitan su ayuda.

Van Houten, que ha vuelto de Manila una vez comprobado que las nuevas autoridades americanas no siguen sus deseos de exterminio, está nuevamente en la hacienda de don Ramiro; en el trayecto ha capturado a un grupo de ilongotes, a los que tortura y ejecuta con más que evidente placer. También maltrata a don Ramiro, al que no mata por la intervención de Moisés; lo que si hace es abusar y narcotizar a Guicay, quien resiste hasta el límite de sus fuerzas a su acoso.

Se suceden los asaltos a la iglesia de Baler, siendo todos ellos rechazados e ignorando los soldados españoles las noticias que les transmiten informando de que España ya ha firmado la capitulación y entregado a administración de Filipinas a Estados Unidos. Incluso un emisario español que se acerca para convencerlos es ignorado y los periódicos que trae son tomados por falsos.

Se produce una salida desde la iglesia encabezado por el capitán Las Morenas, fray Cándido y el soldado Chamizo, que quiere rescatar a su adorada Guicay. Llegan a la hacienda y son capturados por los insurrectos capitaneados por Van Houten. Sin embargo en el último momento se produce un momento estelar en la trama: atacan los ilongotes, quienes capturan a Van Houten y celebran luego una ceremonia repleta de plasticidad en la que le dan muerte y extraen su corazón mientras agoniza…

El teniente Martín Cerezo, ahora al mando de la guarnición asediada, sigue ignorando las llamadas a la rendición de un nuevo emisario que les informa de la capitulación de España.

Los hombres intentan sublevarse y dos son capturados y fusilados.

Finalmente se impone la razón y los sitiados aceptan la derrota; el teniente Martín Cerezo tendrá que vivir con el remordimiento por los dos fusilados.

El destacamento se rinde honrosamente y los filipinos presentan armas cuando los restos de los 50 hombres originales salen de la iglesia tras casi un año de asedio…

Y aquí debería terminar esto, pero no.

El retorno a España supondrá multitud de homenajes a los “héroes de Baler” (homenajes que resultan incómodos para el gobierno que concedió honores un poco a regañadientes mientras en Filipinas estallaba una nueva guerra contra los americanos, pues los filipinos vieron bien pronto que su tutela era peor que la española).

He aquí la mejor novela de Juan Manuel de Prada, una obra documentada con tesón y escrita persiguiendo con ganas esa perfección que nunca de alcanza, novela de aventuras con novela política y novela religiosa al fondo: todo un monumento ficcional al llamado “dolor de España” del que hablaron los escritores noventayochistas, y que, en su desproporción, tiene caídas, pero en conjunto supone un acicate para la inteligencia, la conciencia, la diversión y los sentidos. La destreza argumental se complementa con una prosa hipnótica y cuidada, una bien medida documentación y recreación de atmósfera y ambientes –en la que no faltan fumaderos de opio, lupanares y demás-, y unos personajes potentes con conflictos de conciencia de fondo y dotados de profundidad perdurable.

Se trata de una novela ambiciosa y comprometida con el momento actual de falta de cohesión y de motor y de valores y de perspectiva que está viviendo este país, la cual deja en el paladar del lector el regusto de las obras clásicas.

Muy recomendable.


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