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El monasterio de Montes, una joya del patrimonio berciano que agoniza

La Junta Vecinal y el párroco de Montes de Valdueza claman para que se lleven a cabo actuaciones que permitan detener el deterioro que sufre este monumento, declarado Bien de Interés Cultural en 1931.

El pedáneo de montes explica el grado de deterioro del monasterio
El pedáneo de montes explica el grado de deterioro del monasterio

En un enclave privilegiado, en pleno valle del Oza, se erige, desde hace siglos, el monasterio de San Pedro de Montes, una auténtica joya del patrimonio berciano, en estado agónico, que corre el riesgo de desaparecer.

Precisamente, el abandono, al que lamentablemente se le ha relegado durante décadas, llevó, hace casi siete años, a la asociación Hispania Nostra a incluirlo en su ‘lista roja’ de patrimonio en riesgo, debido, en buena medida, al avanzado estado de deterioro que presentan su claustro y sus muros.

Fundado por San Fructuoso hacia el año 635, y rehabilitado por San Genadio  en torno al año 895, llegó a convertirse en uno de los templos bercianos más poderosos en cuanto a dominios. De hecho, el resurgir económico, alcanzado en el siglo XVIII, llevó al derribo del monasterio original y a levantar la construcción, cuyos restos se conservan hoy en día. Sin embargo, en el siglo XIX, la desamortización, y expulsión de los monjes, seguida de un incendio, en el interior del templo, dejaron la abadía en un estado de ruina del que nunca logró recuperarse, provocando que, en la actualidad, sólo se puedan contemplar los vestigios, de lo que, en su día llegó a ser uno de los monasterios más importantes de todo el reino de León.

Por ello, la Junta Vecinal de Montes de Valdueza y el párroco de la localidad claman para que se rescate a esta joya patrimonial del estado de abandono, al que lo ha condenado el paso del tiempo, y abogan para que se lleven a cabo actuaciones que permitan detener el proceso de deterioro físico que sufren sus muros.

Muestra de una de las piedras donde los monjes hacían sus ungüentos
Muestra de una de las piedras donde los monjes hacían sus ungüentos

El Plan director, el sueño de los justos

En el año 1999 parecía que las peticiones de ayuda habían sido escuchadas con la aprobación de un Plan Director, que contemplaba una importante inyección económica para la restauración del monasterio, y que hasta daba alguna pista de la utilidad que se le podría dar a ese espacio, una vez rehabilitado. Una hospedería, un museo de la tebaida berciana, con un aula de interpretación del Valle del Oza, fueron algunas de las propuestas para que este inmueble volviera a cobrar ‘vida’.

Los trabajos, que estuvieron dirigidos por el arquitecto Eloy Algorri, se llevaron a cabo entre el invierno del año 2002 y la primavera del 2003, y consistieron, principalmente, en labores de desescombro y desbroce, pero también se realizaron tareas de consolidación y adecuación de muros.  Además, se acometieron catas arqueológicas, que permitieron sacar a la luz varios enterramientos realizados en la alta Edad Media. Asimismo se descubrieron unas letrinas y un estanque, que los monjes utilizaban para tener el pescado fresco, y en el que, al parecer, también tenían sanguijuelas, que utilizaban para hacer las sangrías.

Pese a que estas actuaciones estaban encaminadas a garantizar el mantenimiento y la conservación del templo, no fueron suficientes para mejorar la imagen del cenobio, que, once años después, sigue en estado ruinoso. Y es que ha pasado más de una década desde el inicio de aquel lavado de ‘cara’ que resultó a todas luces insuficiente y, por tanto, se hacen necesarias nuevas actuaciones, que permitan proteger las bóvedas, consolidar los muros, reparar los suelos o garantizar la conservación y mantenimiento del edificio, máxime cuando en el año 2008 se acometió el arreglo de la cubierta de la iglesia, pero no se destinó ninguna partida para el acondicionamiento del monasterio.

En este sentido el presidente de la Junta Vecinal, Manuel Gancedo, cree que entre las actuaciones que se deberían acometer, con carácter de urgencia, para evitar que el paso del tiempo siga destruyendo este enclave, se incluye la tala de las nogales que hay en el interior del monasterio, ya que sus raíces están debilitando la estructura del templo. De hecho, uno de estos árboles hizo que desapareciera la entrada a la bodega, al tapar con sus raíces las escaleras de acceso a esta dependencia.  “Los árboles están destrozando la mayoría de los muros del monasterio, las raíces se lo cargan todo. En la entrada a la bodega, el árbol, se ha comido todo el arranque de las escaleras”, aseveró Gancedo. “Además, los días que hay  viento visitar el monasterio es peligroso, ya que se puede caer una rama”, matizó.

En una línea similar se pronunció el rector de la Basílica de La Encina, y párroco de Montes, Antolín de Cela, quien lamentó que a Patrimonio “le interese más el yacimiento como un paraje romántico, que como un edificio, impidiendo así talar estos árboles que están destrozando las bóvedas y las paredes”.

El párroco de Montes junto a uno de los muros en peligro de desprenderse
Uno de los vecinos que conducen la visita junto a uno de los muros en peligro de desprenderse
Zona donde los monjes almacenaban alimentos
Zona donde los monjes almacenaban alimentos

Sigue siendo un monumento majestuoso, dispuesto  a la iniciativa privada

Pese a su estado de deterioro el templo se puede visitar gracias a la labor desinteresada que realiza Pilar Hermosa, una voluntaria de la iglesia que se encarga de abrir las puertas del monasterio a los visitantes y de hacerles de guía durante su recorrido por las diferentes estancias, que en su día albergó el edificio.

Hermosa se encarga, a su vez, de mostrar a vecinos y visitantes algunas de las singularidades que, a pesar de su pésimo estado de conservación, aún alberga este templo, declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en el año 1931, y entre las que se encuentra la piedra doble acanalada, que los monjes utilizaban para machacar las plantas con el fin de sacar los jugos para las medicinas, el arco que sirvió de acueducto para transportar el agua al monasterio, los muros hechos con lajas de pizarra o las pocas bóvedas de arista, que consiguieron sobrevivir al devastador incendio. Son  todas ellas auténticas joyas que, al igual que el templo, corren el riesgo de desaparecer si nadie lo remedia.

De Cela reconoció que la parroquia de Montes no puede hacer frente a estas actuaciones, ya que apenas tiene fondos para mantenerse, “al contar apenas con siete vecinos”.

Sin embargo, él se muestra dispuesto a ceder la propiedad, a la iniciativa pública o privada, con el fin de que se recupere el que fue el monasterio más antiguo del Bierzo y se le dé una utilidad para que este espacio se convierta nuevamente en un “foco de cultura y de fe”.

En este sentido, cree que este inmueble se podría convertir en una escuela taller, “donde los chicos que no quieran seguir estudiando puedan aprender un oficio”, o en un espacio de retiro espiritual. “Yo he hecho todo lo que he podido, pero yo sólo soy incapaz de ponerlo en marcha, por eso dejaré la cesión de su uso a quien muestre voluntad para arreglarlo y ponerlo en funcionamiento”, matizó.

Y mientras aparece alguien dispuesto a evitar que este inmueble complete definitivamente su ciclo, el templo se deteriora cada día un poco más: los muros siguen cediendo, las jambas de las ventanas se vienen abajo  y los techos hechos con lajas de pizarra se descomponen. Todo ello, ante la dejadez de las administraciones, que han convertido a esta joya de la tebaida berciana en el patio trasero de los monumentos de la comarca. Y es que, si nadie lo remedia, no tardando mucho tiempo, en Montes de Valdueza tan sólo quedará una iglesia rodeada de un montón de escombros.

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