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La lucha de Josefa: mujer, madre y minera en los años 60

La vida de Josefa es reflejo de muchas otras. Madres solteras, mujeres incansables que salieron adelante solas, golpeadas por los prejuicios, el machismo y el abandono.

  Jueves, 8 de marzo de 2018

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Josefa tenía 28 años y un hijo de 18 meses cuando empezó a trabajar en la mina. El 7 de agosto de 1963 subió andando desde Fabero hasta la mina de ‘Corradinas’ en Lillo, un camino que recorrería durante años, sudando bajo el sol de agosto y hundiendo las madreñas en la espesa nieve de enero. “Cuántas veces hice el camino llorando porque dejaba en casa a mi hijo”, recuerda con unos ojos descarnados, henchidos de significado. No estaba casada pero se quedó embarazada, un pecado que se pagaba caro en aquellos años. El estigma era lo de menos, lo de más fue el abandono, la soledad. Después llegó el coraje y la fuerza para salir adelante sola.

La mina era dura pero pagaban mejor que en cualquier otro sitio y además te aseguraban, un privilegio extraño para las mujeres a quienes estaban reservados trabajos domésticos o agrarios en los que rara vez cotizaban. El interior era cosa de hombres, terreno prohibido para ellas hasta hace apenas dos décadas. Sin embargo, Josefa no hubiera trabajado dentro, “tenía mucho miedo a morirme y dejar a mi hijo sin criar”. Tanto miedo que cuando subía el carbón por la tolva se alejaba y tapaba la cabeza con las manos para protegerla.

Pesaba cuarenta kilos. Cosía pantalones de noche y trabajaba en la mina de día. Allí escogía el carbón, separaba la piedra del escombro, lavaba, cargaba e incluso se encargaba de la ropa de los vigilantes, limpia y planchada para su próximo turno. El primer mes cobró 800 pesetas, la mitad de lo que ganaban los hombres que desempeñaban las mismas labores.

Minera y madre, porque todo era para su hijo. “Nunca me interesó nadie, cuando llegaba a casa y tenía que bajar a por el pan corriendo le ponía la chaqueta al niño e íbamos juntos, siempre con mi hijo a todas partes, no quería que nadie se me acercase”. Después de Corradinas trabajó en Bárcena y en el 73 se acabó la mina pero no el trabajo. Continuó cosiendo y limpiando, aprovechando cualquier cosa que saliera. “La vida fue dura, mala, pero yo siempre fui arreglándome”.

En los 80 y 90 el azote de la heroína se sintió con fuerza en las cuencas y de lleno en la casa de Josefa. Empezó entonces un calvario de desconcierto, dolor y de nuevo la fuerza para comenzar un peregrinaje de centros de desintoxicación y terapias acompañando a su hijo.

Con 83 años sigue siendo hermosa. Unos ojos azules que esconden todo el dolor y la rabia del mundo.


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