“Que no se olviden de nosotros. Es difícil mantener la historia del pueblo con tanta lentitud. La gente no puede ir y así es difícil que esté vivo”, señala Susana Sevane, descendiente de Lusío, en el municipio berciano de Oencia, que hace un año vio como su pueblo quedaba reducido a cenizas por el pavoroso incendio que llegó a esos montes procedente de Orense. Fue entre el 16 y el 17 de agosto y nada se pudo hacer.
Medio centenar de personas tuvieron que ser desalojadas y muy pocas casas quedaron en pie. Han pasado 365 días y solo dos de ellas se han vuelto a levantar, y aún no están terminadas.
“Va muy lento”, dice Sevane, que aunque reside en Barcelona, siempre que puede, especialmente en verano, regresa a su pueblo. “Tenemos miedo que pase como en La Palma, con el volcán, que quedó en nada. Lo mismo con la Dana, que las ayudas no llegan. Son muchas casas y solo hay dos y sin terminar. Va muy lento”, insiste.
Y es que, a día de hoy, solo se han levantado dos viviendas, prefabricadas, de las ocho previstas en un primer momento, y ni siquiera están acabadas. Son muchos los problemas que se han ido encontrando, pero aún así los vecinos mantienen la esperanza de que el pueblo vuelva a resurgir.
“La gente está con esperanza. La esperanza no la hemos perdido. Esperamos que el año que viene el pueblo esté ya para ir a veranear”, desea Sevane, quien recuerda que aunque de forma habitual solo residen en Lusío tres personas, entre ellas su tío, son muchas las que acudían los fines de semana o durante sus vacaciones.
Por eso la mayoría de las casas quemadas eran segundas viviendas, lo que complica aún más el proceso de reconstrucción ya que las ayudas destinadas a ello se están retrasando.
“A mi madre le ardió una casa vieja y nos tienen que dar la subvención, pero aún no nos la han dado. Creo que son 40.000 euros para reconstruirla, aquí en el pueblo. Pero claro, están llegando antes las de viviendas habituales, como es lógico”, dice.
La familia de Sevane, una de las más grandes de Lusío, perdió muchas casas. Solo quedó en pie una, que es donde reside todo el año el tío de Susana y donde este verano se está reuniendo de nuevo la familia, dado que es una vivienda muy grande.
“Allí vive mi tío, que le ardió su casa. Por suerte teníamos esta, que era de los diez hermanos y está viviendo allí. En estos días nos estamos juntando la familia y vemos cómo está avanzando el pueblo”, señala.
Afortunadamente, la recuperación de la naturaleza es más rápida, aunque hay cosas que no se podrán recuperar. “El monte empieza a florecer y nos da un poco de vida, a pesar que es monte bajo, porque ardieron muchos árboles. A nosotros, por ejemplo, se nos quemaron 600 castaños, solo a nosotros, de nuestra casa”, recuerda. “Nadie le da la importancia que tiene, era un pulmón del Bierzo”, lamenta.
Mientras tanto siguen esperando que “algo cambie” porque “las administraciones no se mueven, sobre todo en prevención, porque ha vuelto a haber muchos incendios. Lo que no ardió el pasado año está ardiendo este”, señala con tristeza.
Revivir emociones
Susana Sevane lamenta que este año se está repitiendo la historia. “Yo he vuelto a ver todo lleno de humo”, dice. Todo ello despierta las emociones, el miedo y la rabia que vivieron en sus propias carnes hace un año.
“Yo me siento súper identificada con toda la gente que ha salido en las noticias. Es lo mismo, se repite. Es la misma impotencia, la misma rabia y las mismas pérdidas. No hemos aprendido, no ha servido de nada. No sé de quién depende, pero no lo estamos haciendo bien”, insiste.
Sevane lamenta que el monte sigue “inaccesible”, a pesar de que los ayuntamientos obligan a los vecinos a limpiar sus terrenos. “No es suficiente. Ya no hay ganadería, no se han dado facilidades para que la gente pudiera seguir con el ganado. Eso ayudaba mucho a limpiar el monte y yo creo que por eso no había ardido nunca. Nosotros, por ejemplo, teníamos cabras y ovejas, pero ahora ya es imposible”, afirma.
Un año después, los vecinos de Lusío siguen viendo destrucción, edificios arrasados, caminos impracticables y el miedo en los ojos de los que vieron cómo no podían hacer nada contra las llamas. De hecho, Lusío pretendía recordar este día con una pequeña procesión, con su virgen, la que sacaron de su iglesia para protegerla. Tampoco ha sido posible ya que el acceso al templo es peligroso.
“Queríamos haber hecho algo, una procesión, para conmemorar el aniversario, pero no ha sido posible. El acceso a la iglesia está en muy mal estado porque una de las casas que ardió está justo ahí”, señala Sevane.
Ahora solo queda seguir esperando para que, algún día, más pronto que tarde, el pueblo vuelva a estar en pie y la vida regrese a sus calles.
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