En las alturas de la Cordillera Cantábrica, muy cerca de Villablino, se produjo un hallazgo extraordinario durante una temporada invernal marcada por intensas borrascas. Un narrador aficionado a la fauna local, Nacho Rodríguez, o más conocido como NaturalMente Fauna, relató cómo descubrió a un oso pardo refugiado en el interior hueco de un roble centenario mientras el animal atravesaba su periodo de hibernación.
Este encuentro tuvo lugar tras más de un mes con condiciones climáticas adversas. Seis semanas después del primer avistamiento, el narrador regresó al mismo lugar para documentar mejor la presencia del plantígrado. Con su teléfono móvil grabó imágenes y aprovechó para instalar una cámara de fototrampeo justo frente al árbol con la intención de observar y registrar los movimientos del oso durante los días siguientes.
Una semana después, cuando el tiempo mejoró notablemente, volvió a revisar las grabaciones desde una distancia prudente usando prismáticos. Confirmó que el oso ya no estaba dentro del tronco del roble, señal inequívoca del fin del periodo invernal para este ejemplar.
Las grabaciones captaron cinco días consecutivos antes de que el animal abandonara su refugio natural. Fue durante una noche nevada —la última gran nevada del invierno— cuando salió definitivamente del árbol. Curiosamente, un niño llamado César propuso bautizar al oso como "Árbolon", nombre que ha quedado asociado a esta historia única.
El narrador también exploró con detenimiento las características físicas del roble: imponente por su altura y grosor, con paredes interiores desgastadas hasta formar una especie de "chimenea" natural. Las marcas y rasgaduras en sus bordes evidencian su uso frecuente como escondite o refugio por diferentes animales a lo largo del tiempo. Además, se detectaron restos indicativos de un incendio antiguo dentro del tronco.
Este entorno singular convierte al viejo roble en un santuario ideal para especies como los osos pardos durante sus periodos de letargo invernal. Mientras instalaba la cámara, el oso mostraba cierto grado de vigilancia asomando la cabeza cada 20 o 30 segundos para controlar la presencia humana cercana.
El narrador especula además sobre la posibilidad de que este mismo ejemplar u otros osos sigan utilizando este refugio natural en futuras temporadas frías, consolidando así la importancia ecológica y biológica del roble centenario como espacio seguro para la fauna local.
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