Bajo la aparente y pétrea tranquilidad de los Montes Aquilianos, la tierra ha vuelto a recordar que vive al compás de un pulso milenario. El suelo de El Bierzo ha temblado de forma incesante entre el 15 y el 30 de octubre de 2026, dejando tras de sí un "inédito" enjambre sísmico en la comarca y en toda la provincia.
En apenas diez días, las estaciones del Instituto Geográfico Nacional (IGN) contabilizaron un total de 47 movimientos concentrados en los municipios de Priaranza del Bierzo (34), Borrenes (6), Benuza (5) y Molinaseca (2). Un goteo constante de pequeños movimientos sísmicos que, más allá del sobresalto vecinal, ha abierto una ventana excepcional al conocimiento de las entrañas de la comarca.

Tal y como matiza el profesor titular e investigador de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas de la Universidad de León (ULE), Javier Fernández Lozano, todo este enjambre de terremotos fue provocado por el primer movimiento registrado, el de Benuza del 15 de octubre.
Aquel terremoto inicial, con una magnitud de 4,2 en la escala mbLg (ondas Lg), y 3,8 en magnitud-momento (Mw), el parámetro empleado para medir la energía real liberada, desató una redistribución inmediata de las tensiones terrestres
Fue precisamente este seísmo de Benuza el que alcanzó una intensidad de grado IV, la máxima registrada en todo el episodio por el Instituto Geográfico Nacional (IGN). Un nivel de intensidad que, sin llegar a causar daños materiales en las estructuras, se tradujo en una percepción generalizada con ejemplos como el crujir de la carpintería, el cimbreo de lámparas o golpeteo de vajillas y cristalerías.
Como detalla Fernández Lozano, al producirse esa fractura primera, "se genera una distribución de todos esos esfuerzos y lo va a hacer, evidentemente, en las zonas de alrededor. Eso supuso que muchas fallas que podían estar en los alrededores y que hasta ese momento no se habían movido, se desplazasen por estar en una orientación favorable".

A diferencia de lo que ocurre en los límites de placas tectónicas, como los que sacuden el sur de la península, donde la tierra se mueve de forma habitual por el choque directo entre continentes, El Bierzo se encuentra en pleno interior de la placa ibérica. Aquí los seísmos responden a lo que los geólogos denominan tectónica intraplaca.
"Es como si estuviésemos en casa con una alfombra enorme y le peguemos una patada desde un lateral; de repente se empiezan a generar una serie de ondas que se transmiten hacia el interior". Las enormes fuerzas generadas a miles de kilómetros de distancia, en los bordes de las placas africana y euroasiática, viajan a través de la corteza terrestre hasta alcanzar el zócalo paleozoico del noroeste, donde la energía acumulada acaba rompiendo la roca.
La profundidad de los seísmos y el "lubricante" subterráneo
Un factor decisivo para comprender por qué la población sintió con tanta nitidez las sacudidas reside en la ubicación de los focos. Como explica el propio Javier Fernández Lozano, en el contexto del noroeste peninsular nos encontramos ante una sismicidad "generalmente superficial, bastante baja, que no suele superar en este sector los 15 kilómetros".
Sin embargo, si analizamos el episodio concreto que ha sacudido la comarca, la cartografía mostrada por el investigador revela un comportamiento aún más superficial, pues la totalidad de los eventos se han concentrado en una franja somera situada entre los 0 y los 7 kilómetros de profundidad.
Al tratarse de seísmos tan someros, las ondas sísmicas recorren una distancia muy corta hasta la superficie sin apenas perder energía. Esto, unido a otros factores como la magnitud o las características geológicas de los materiales puede explicar el denominado "efecto sitio": aun tratándose de magnitudes moderadas, la geología del terreno y la escasa profundidad hicieron que la sacudida principal se tradujese en un temblor percibido en diversos lugares del noroeste, como Galicia, Asturias y el norte de Portugal.

Además, tras el análisis de los mapas y el registro del episodio, el investigador apunta al rastro de las fracturas, pues "algunas de esas réplicas que se produjeron se situaron a lo largo de estructuras preexistentes, es decir, que algunas ya estaban identificadas". Muchas de estas trazas se alinean de forma muy próxima a lo largo de direcciones concretas que ahora se reactivaron tras la descarga inicial de energía.
Sin embargo, el verdadero catalizador de esta sismicidad se encuentra en los mecanismos profundos de la corteza. En una zona donde la corteza terrestre está especialmente engrosada, pues alcanza entre 34 y 36 kilómetros de grosor, las rupturas no responden solo a la presión mecánica, sino también a la circulación de fluidos a gran profundidad.
El agua y los gases atrapados a kilómetros bajo tierra ejercen una fuerte presión que reduce la resistencia de las rocas, actuando como un lubricante natural que facilita que fallas preexistentes quiebren de forma repentina, tras el primer movimiento inicial.
El pulso ancestral que gestó el oro de Las Médulas
Esa misma dinámica de fallas próximas y fluidos circulantes que explica el despertar sísmico permite dar un salto en el tiempo para conectar el subsuelo berciano con su historia más universal. Analizando la cartografía de las réplicas, el investigador señala que "algunas de las que se produjeron, coinciden muy bien con la falla que da lugar a Las Médulas". De hecho, estas mismas estructuras que ahora se han reactivado como consecuencia de aquel primer evento demuestran por qué "las fallas son también precursoras de la formación de yacimientos minerales".
Cuando las rocas se fracturan en las profundidades por la acumulación de tensiones, las grandes fallas actúan como auténticas válvulas o bombas que facilitan el ascenso de salmueras hidrotermales a temperaturas de entre 50 y 600 grados Celsius.

Estos fluidos profundos, altamente cargados de dióxido de carbono, cloro y azufre, circulan a través de las brechas abiertas por los terremotos, aumentando la solubilidad de los metales y transportando nanopartículas de oro hacia sectores de menor presión.
A medida que ascienden y se enfrían, los minerales precipitan formando potentes filones y vetas de cuarzo que sellan las paredes de las fracturas. Con la generación de nuevas presiones o de nuevos seísmos, ese sello de cuarzo se fractura de nuevo, liberando bruscas descargas de fluidos mineralizantes que enriquecieron las entrañas de los Montes Aquilianos y la Sierra del Teleno.
Con el paso de los eones, la paulatina elevación de las montañas y la erosión posterior desmantelaron esos filones originarios. Tal y como detalla el investigador, "Las Médulas son un yacimiento de origen secundario, se forma por la erosión de los materiales paleozoicos; esos materiales tienen esas fracturas rellenas de cuarzo con oro que se va liberando y se va acumulando para formar este tipo de yacimientos".
Los materiales auríferos arrancados a las cumbres fueron arrastrados por la red fluvial y depositados en terrazas y abanicos aluviales de las cuencas sedimentarias, configurando los depósitos secundarios o placeres en los que, siglos más tarde, la ingeniería del Imperio Romano realizaría la mayor explotación de oro a cielo abierto del mundo antiguo.
Aunque hoy estos movimientos sísmicos se produzcan a varios kilómetros de profundidad y sin una trascendencia minera directa, la ciencia confirma que el suelo de El Bierzo sigue respondiendo a la misma mecánica ancestral, un sistema vivo donde cada temblor, lejos de ser un hecho aislado, forma parte del engranaje geológico que ha esculpido la riqueza y el paisaje de la comarca.

El reajuste de la corteza: por qué el suelo berciano podría seguir liberando energía
La clave para entender si este tipo de secuencias se repetirán en el futuro reside en la neotectónica, la disciplina que estudia los movimientos de la corteza más recientes. Como aclara Fernández Lozano, el comportamiento del terreno en el noroeste no es estático, sino que responde a un cambio profundo en el campo de esfuerzos de la placa ibérica ocurrido en los últimos millones de años, "los esfuerzos han pasado de orientarse en dirección Norte-Sur a ser más oblicuos, en dirección Noroeste-Sureste. Y esto evidentemente condiciona qué tipo de fracturas se van a poder reactivar o generar bajo ese campo de esfuerzos actual".
Aunque en León no se conocía en la memoria reciente una serie tan prolongada y concentrada con más de 40 eventos, la comarca no es ajena a la dinámica de acumulación de energía de las zonas intraplaca. Para contextualizar este comportamiento, el geólogo apunta a los antecedentes regionales: desde las crisis sísmicas vividas en el entorno gallego de Lugo (Sarria y Triacastela) en los años noventa, hasta el histórico terremoto de Puebla de Sanabria de 1899, cuya magnitud se recalculó en torno a un 5,9.
Asimismo, el registro geológico más remoto demuestra que el subsuelo de la provincia atesora una larga memoria de sacudidas, como atestiguan las sismitas de Manzaneda, estructuras de deformación originadas por terremotos de magnitud superior a 5 en el Ordovícico, hace 460 millones de años.

Hoy, con El Bierzo y La Cabrera consolidados como los sectores de mayor actividad sísmica de la provincia, la ciencia invita a la calma pero también al conocimiento, la energía continuará acumulándose y el suelo berciano podría seguir liberándola en forma de reajustes periódicos, confirmando que la comarca se asienta sobre una corteza viva en constante evolución.
Ante episodios de esta naturaleza, que provocaron el lógico desconcierto y la salida de vecinos a la calle, el investigador recuerda la importancia de adquirir una auténtica cultura sísmica. Asimilar que nos encontramos sobre una corteza en constante evolución y conocer las pautas básicas de autoprotección del IGN y Protección Civil, lejos de buscar el alarmismo, ayuda a entender que convivir con estos sobresaltos forma parte del 'latido' natural del territorio.
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