Ponferrada sacará a La Placa de la vía muerta y pondrá en valor su patrimonio industrial

Representantes del consistorio ya han iniciado conversaciones con ADIF, titular de las instalaciones, para encauzar el proyecto

30 de Octubre de 2015
Actualizado: 03 de Noviembre de 2015 a las 10:07
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El Ayuntamiento de Ponferrada, a través de la concejalía de Medio Rural y Patrimonio, trabajará para poner en valor el patrimonio industrial de las instalaciones de Renfe en el barrio de La Placa, según ha adelantado este viernes el concejal del área, el bercianista Pedro Muñoz. El complejo de hangares y talleres que Renfe levantó para reparar sus locomotoras en Ponferrada espera ese rescate del olvido, que lo proteja del expolio y el abandono en el que vive sumido desde hace décadas. El proyecto de Ponferrada se mira en el espejo de Monforte, que en abril de este año consiguió que su rotonda ferroviaria entrase a formar parte del patrimonio industrial europeo.

Muñoz ha avanzado que desde el consistorio ya se han mantenido conversaciones con el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF), que es el propietario de las instalaciones. Según el concejal, si este organismo no pone pegas al proyecto que maneja el consistorio, será el momento de que valorar qué inversión necesitaría la recuperación de La Placa y qué posibilidades de financiación existirían para acometer ese ambicioso proyecto. “Es una cuestión extraordinaria para el barrio y para la ciudad”, ha explicado Muñoz, que ha recordado que a día de hoy el estado de las instalaciones es “desastroso” y reviste “peligrosidad”.

Una historia ligada a las vías

La Placa ferroviaria de Ponferrada se ha convertido en un emblema de toda una serie de cambios revolucionarios que entre 1948 y 1954 cambiaron totalmente la estructura ferroviaria de la capital berciana y la Comarca para dar salida al carbón que se extraía en las minas, que constituía el motor de la economía berciana.

Tras la Guerra Civil, la capital berciana aumentó notablemente su importancia dentro del transporte de mercancías, especialmente como una de las cuencas mineras más densa y significativa de España. Así, su estación pasó de ocupar el sexto lugar en 1936 a ser la primera o la segunda a mediados de siglo, según recogía el ingeniero jefe del Departamento de Explotación de la Renfe, Mateo Silvela, en un artículo en 1954. Una importancia creciente que contrastaba con unas infraestructuras e instalaciones muy deficientes para hacer frente al tráfico cada día mayor de carbón, que además tenía otro gran obstáculo en la conocida como ‘rampa de Brañuelas’.

Una rampa que probablemente fue el principal factor que obligó a remodelar toda la línea que comunicaba Galicia con el interior de la península y que tenía en Ponferrada su centro neurálgico. Las viejas locomotoras de vapor a duras penas podían salvar ese desnivel -que pasaba de una altitud de poco más de 500 metros a los 1.200 metros del puerto de Manzanal-, sin la suficiente potencia para arrastrar las miles de toneladas que cada día se extraían de las minas bercianas en aquella época. Eran necesarias locomotoras más potentes y veloces. Eran necesarias locomotoras eléctricas.

Y entonces llegó la revolución. Era indispensable la electrificación de la línea, que arrancó a finales de los años 40 en el tramo entre Torre y Brañuelas, donde estaba el verdadero “cuello de botella”, y se completó hasta la capital berciana en 1954, permitiendo utilizar las nuevas locomotoras 7.700, con las que se podían remolcar una media diaria de 17.000 toneladas en el tramo de la rampa frente a las 12.500 toneladas que se remolcaban seis años antes. Unos cambios que se vieron acompañados de todo un programa de mejoras que supuso también la renovación de los puentes y la vía, la construcción de nuevas estaciones en Folgoso y Albares -que contribuyeron a una mayor fluidez y, por tanto, mayor capacidad de transporte en la rampa- y la ampliación y reforma “total y absoluta” de la estación de Ponferrada.

Entonces se desarrolló todo un complejo ferroviario con un haz de vías de clasificación, formación y expedición de trenes de mercancías, un haz para los trenes carboneros con muelles para el cargue del mineral y una reserva de máquinas y taller de tracción y material móvil. Y ahí nació La Placa -que después dio origen al barrio-, nombre con el que popularmente se conoce al puente giratorio que servía para mover las locomotoras y distribuirlas en los distintos hangares de estos talleres, que dejó de utilizarse en los años 80 y que ahora, tres décadas después, atisba en el horizonte una oportunidad para salir de la vía muerta.

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