Después de 337 días encerrados, el 2 de junio de 1899, 33 soldados españoles abandonaron por su propio pie la iglesia sitiada en la antigua colonia. Entre ellos, el abulense Domingo Castro Camarena, el palentino Jesús García Quijano, el burgalés Marcelo Adrián Obregón y el más joven de todos ellos, el salmantino Miguel Méndez Expósito.
Este martes, 2 de junio, se cumplirán 127 años del día en el que 33 soldados españoles abandonaron la iglesia de Baler, en la costa de Filipinas, después de casi un año de asedio en la que fuera una de las últimas colonias del depauperado imperio español de antaño. Habían sido 55 personas (54 militares y un religioso) las que se habían atrincherado el 1 de julio de 1898, pero 22 de ellos fallecieron antes de la rendición, en su mayoría por beriberi y la deficiente alimentación.
A todos ellos, pero especialmente a los 33 supervivientes, se les llamó “los últimos de Filipinas”, mucho más que un dicho y tan real como la vida misma. Gracias a las investigaciones realizadas, primero por Xavier Brisset y más recientemente por Miguel Ángel López de la Asunción y Miguel Leiva, hoy podemos saber que de esos 33, hasta cuatro procedían de Castilla y León, y que hubo otros dos nacidos en Burgos que murieron antes del fin del asedio más renombrado de la historiografía española.
Pero antes de presentarlos, un poquito de contexto. Cuando los tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo deciden encerrarse en la iglesia de Baler, España aún lucha por mantener su hegemonía en Cuba y en Filipinas. Sin embargo, ni uno ni el otro, y muchos menos los otros 53 ocupantes del templo, son conocedores de que, en diciembre de 1898, España y Estados Unidos habían firmado el Tratado de París por el que Filipinas pasó al dominio yanqui. Desde entonces estaban, por lo tanto, resistiendo para nada.
Y, durante meses, se intentó que fueran plenamente conocedores de las novedades de paz y concluyeran con su resistencia, pero Alonso Zayas y Martín Cerezo, expertos militares, creían estar siendo víctimas del típico engaño del bando contrario. Ni siquiera creyeron a varios sacerdotes filipinos que ingresaron en la iglesia para hacerles ver la realidad. Después de meses de resistencia en condiciones infrahumanas, los 33 supervivientes abandonaron la iglesia de Baler por su propio pie y entre un pasillo de filipinos que les mostraban sus respetos. De hecho, el primer presidente del país asiático, Emilio Aguinaldo, publicó un edicto laudatorio, recibió a los resistentes españoles en Manila y les ofreció regalos y alojamiento.
No pudieron llegar a conocer la verdad de lo que había estado sucediendo en todos aquellos meses de asedio en Filipinas los burgaleses Pedro Izquierdo Arnaiz y Ramón López Lozano. Del primero, hace solo un par de años que Miguel Ángel López de la Asunción descubrió que había nacido el 1 de diciembre de 1877 en Villayerno Morquillas (Burgos), a solo ocho kilómetros de la capital burgalesa, hijo de un matrimonio de agricultores formado por Julián Izquierdo e Isabel Arnaiz. Por su parte, Ramón López Lozano sigue siendo uno de los grandes desconocidos del destacamento, con origen en una localidad burgalesa de nombre Villanueva, de localización actual aún incierta.
Ellos dos fallecieron en el intento, pero no así el abulense Domingo Castro Camarena, nacido en la localidad de Aldeavieja el 13 de mayo de 1877, según figura en Los últimos de Filipinas. Mito y realidad del sitio de Baler, publicado por López de la Asunción y Miguel Leiva en 2016. Castro era de los pocos soldados que tenían conocimientos de lectura y escritura y se incorporó como recluta a un minidestacamento que se formó en Salamanca. A su regreso a su localidad natal, tras el asedio de Baler, supo que había sido dado por muerto y que incluso se habían celebrado funerales en su memoria. Como otros de los supervivientes, ya en España ingresó en el cuerpo de Carabineros y se supo que falleció en Monforte de Lemos al poco de comenzar la Guerra Civil.
Primer herido del asedio
Uno de los miembros del destacamento con mayor experiencia en combate resultó ser el palentino Jesús García Quijano, nacido el 4 de julio de 1875 en Viduerña de la Peña, muy cerca de Guardo, donde hoy se le recuerda con un monolito a la Concordia Universal en hermanamiento con la ciudad filipina de Baler. García Quijano fue el primer herido del asedio después de que recibiera una herida de bala en el pie izquierdo nada más comenzar el periodo de resistencia, lo que le dejó una importante cojera de por vida. El último palentino de Filipinas falleció en su localidad natal el 3 de febrero de 1947.
En Villalmanzo, municipio burgalés cercano a Lerma, nació Marcelo Adrián Obregón el 16 de enero de 1877. Después de resistir en Baler, fue recibido en su localidad natal de manera multitudinaria y, ya residiendo en Madrid, fue agasajado por la propia reina regente María Cristina y hasta fue testigo del atentado cometido por Mateo Morral ante la comitiva real el día de la boda de Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia. Pocos meses antes de que concluyera la Guerra Civil, Obregón falleció en la localidad conquense de Buenache de Alarcón, donde residía su sobrina.
El más joven de los paisanos supervivientes y quizá por ello, uno de los más conflictivos, resultó ser el salmantino Miguel Méndez Expósito, que vio la primera luz en Puebla de Azaba el 28 de julio de 1878 y que cumplió 20 años en el asedio de Baler, quizá ya en el calabozo habilitado en el baptisterio de la iglesia al que llegó, según atestigua en sus investigaciones Xavier Brisset, “por una discusión tras una partida de naipes”.
Ese carácter complicado del soldado salmantino también tiene presencia en la publicación Los que huyeron del desastre: los desertores del destacamento español en Baler, Filipinas (1898-99), que en su día escribió el arqueólogo e historiador Juan Antonio Martín Ruiz. Allí se puede leer que “nada más salir del calabozo, Miguel Méndez mantuvo una tensa conversación con Vicente Toca en la que este llegó a manifestar que ‘si a mí me mete el teniente en el calabozo, le pego un tiro’”.
De vuelta a Puebla de Azaba, Miguel Méndez varió su segundo apellido y descartó el Expósito, que bien denotaba su procedencia huérfana, cambiándolo por el muy salmantino Santos. Ingresó en el cuerpo de Carabineros y, tras algún tiempo prestando servicio en Ciudad Rodrigo e Hinojosa de Duero, hizo lo propio en Lugo y acabó estableciéndose en Madrid, falleciendo en la localidad de Aranjuez, donde su cuerpo está enterrado, el 24 de mayo de 1942.
Como el resto de compañeros supervivientes en aquella rocambolesca historia filipina, Miguel Méndez recibió, a su llegada a España, la Cruz de Plata del Mérito Militar y una pensión vitalicia mensual de 7,50 pesetas.
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