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¿Conoces los puentes colgantes del Sil?

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Los puentes colgantes sobre el río Sil a su paso por el Bierzo sobreviven como vestigios de un tiempo en que los habitantes de muchos pueblos dependían de estas estructuras para no quedar aislados en su día a día

David Álvarez/ ICAL (Fotos César Sánchez)
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David Álvarez/ ICAL (Fotos César Sánchez)

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Los puentes colgantes sobre el río Sil a su paso por el Bierzo sobreviven como vestigios de un tiempo en que los habitantes de muchos pueblos dependían de estas estructuras para no quedar aislados en su día a día

 

El recorrido del río Sil a través de la caprichosa orografía berciana conllevó durante grandes periodos de tiempo el aislamiento de localidades que, pese a su proximidad geográfica, no disponían de un paso que les permitiera sortear la masa de agua que las separaba. Los vecinos de esos pueblos, que tenían que cruzar el curso del río para realizar tareas tan cotidianas como recoger leña, aprovechar sus tierras de cultivo o simplemente adquirir los bienes más necesarios para la subsistencia, se veían forzados a utilizar precarias barcas de madera aunque en algunas localidades sortearon el problema con la construcción de puentes colgantes, de poco más de un metro de ancho, que asegurasen el paso entre riberas.

La mayoría de estas estructuras cayeron en desuso tras la construcción, río arriba, del embalse de Bárcena, cuyas obras finalizaron en el año 1960. La puesta en funcionamiento del pantano redujo el caudal del curso y la anchura de la masa de agua en el recorrido del río. Además, la mejora de los accesos por camino o por carretera a muchas de estas localidades condenó a las antiguas sendas a la desaparición por falta de mantenimiento. Las sucesivas riadas hicieron el resto.

Sin embargo, aún sobreviven ejemplos de puentes colgantes de esa época en las localidades bercianas de Villaverde de la Abadía y de Valiña, ambos con más de 40 años de historia a sus espaldas y que han servido de modelo para la recuperación de una antigua estructura de estas características en la localidad de Villadepalos. Unos puentes que se balancean al ritmo del viento y del paso de los años para mantener vivo el recuerdo de cuando la vida dependía de poder cruzar al otro lado del río.

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Ventura Álvarez, uno de los constructores del puente colgante de Villaverde de la Abadía

“A pico y pala”

Ventura Álvarez tiene 80 años y durante toda su vida ha residido en Villaverde de la Abadía, localidad perteneciente al municipio berciano de Carracedelo, combinando el trabajo en el campo con su oficio como albañil. “Tendría yo unos 25 años cuando unos vecinos del pueblo compramos unas viñas del otro lado del río, porque allí nunca hiela”, explica Ventura. Para salvar el obstáculo que se interponía entre sus terrenos y sus hogares, los vecinos se pusieron manos a la obra y construyeron el puente que aún hoy permite acceder a la localidad de Santalla, en el municipio de Priaranza del Bierzo, así como a San Juan de Paluezas, en el municipio de Borrenes. “Esto lo levantamos entre cuatro personas, a pico y pala”, destaca Ventura con orgullo.

El constructor recuerda como él y sus compañeros en la aventura, ya desaparecidos, pasaban una cuerda de un lado al otro del río y, asidos a ella, cruzaban a nado con los materiales que usaban en la construcción del puente. “Llevábamos calderos de hormigón de una orilla a otra para crear los cimientos de la estructura”, explica, y recuerda divertido que “en aquella época todos éramos buenos nadadores”. Los materiales para la estructura original del puente, de la que hoy sólo sobreviven los cables tensores, salieron de la zona. “Usábamos los chopos de las tierras comunales del pueblo para hacer las tablas y la grava del río para fabricar cemento. Los cables fueron las únicas piezas que tuvimos que comprar y los trajimos desde una acería de Bilbao”, explica el constructor de la estructura, que presume de que en más de 50 años sólo se han tenido que tensar una vez.

Una vez levantado el puente, todos los vecinos de la localidad pudieron aprovechar el paso para conectar con zonas antes aisladas. “Venía mucha gente de Santalla porque el puente estaba muy bien hecho”, bromea Ventura, aunque admite que también tenía que ver con que “era el camino más corto”. “Antes, en Villaverde había otro puente con dos tramos, que era el doble de largo, pero se lo llevó una riada hace muchos años”, rememora el constructor de la estructura, que recuerda con emoción como ese incidente se llevó por delante la vida de varios jóvenes de la vecina localidad de San Juan de Paluezas, que murieron ahogados hace cerca de medio siglo.

Desde entonces, el otro puente, el que las manos de Ventura ayudaron a alzar, sobrevive a riadas y temporales como un recuerdo de tiempos pasados y a día de hoy, gracias a las restauraciones de la estructura y a la adecuación del entorno llevadas a cabo por el ayuntamiento de Carracedelo, se ha convertido en un popular lugar de baño en la época estival y en una importante zona de pesca de truchas durante el resto del año.

Luciando Ares, impulsor del puente colgante de 'La Barca' en la localidad de Villadepalos (León)
Luciando Ares, impulsor del puente colgante de ‘La Barca’ en la localidad de Villadepalos

El puente de la barca

Aguas abajo, en la localidad de Villadepalos, también perteneciente al municipio de Carracedelo, otro puente colgante, de construcción mucho más reciente, se balancea sobre la corriente del Sil en homenaje a una senda de importante relevancia histórica que unía la zona de Las Médulas con la planicie del Bierzo. Sobre la pasarela colgante, Luciano Ares, extrabajador de la cementera Cosmos de Toral de los Vados e impulsor a través de la asociación cultural Vaga Lume de la construcción del conocido como puente de la barca, explica que el descubrimiento de unos documentos que acreditaban la existencia de otro puente en la misma zona durante los años de la República fue el desencadenante que desbloqueó un proyecto que durmió en un cajón durante siete años.

“Este era el camino más corto desde las minas de oro de Las Médulas hacia la ciudad romana de Bergidum Flavium, en la zona donde hoy está Cacabelos”, comenta Luciano, que añade que actualmente sigue siendo la salida más directa hacia la Cabrera y las tierras de la provincia de Zamora. “La historia del puente está relacionada con las sendas”, explica el impulsor de una pasarela cuya historia se remonta en el tiempo 18 años atrás. “Desde la asociación propusimos que se construyera un puente que durase para siempre, ya que en años anteriores habíamos levantado de forma rústica otras pasarelas río arriba pero siempre se las llevaban las riadas”, recuerda Luciano. Los modelos a imitar eran los vecinos puentes colgantes de Valiña y de Villaverde y el pleno del consistorio aprobó por unanimidad el proyecto.

Sin embargo y pese al apoyo de los vecinos, “desde que se hizo la instancia hasta que se construyó el puente pasaron siete años” ya que la Confederación Hidrográfica, por aquel entonces del Norte, exigía la presentación de un proyecto de obra cuyo coste no podía asumir la asociación cultural. Fue entonces cuando un golpe de suerte desbloqueó la situación: un vecino y cazador de la zona puso a los impulsores del proyecto sobre la pista de un antiguo puente construido en ese mismo punto por unos particulares, que cobraban a los peatones por usar la pasarela. El vecino conservaba además los planos originales del puente, fechados en 1.934, que habían llegado a sus manos a través de un antiguo alcalde.

Una vez examinados los planos y ya sobre el terreno, los responsables de la asociación cultural localizaron un pequeño resto de la estructura del antiguo puente. “Fue lo que nos salvó, esto cambiaba la historia, porque había un precedente, una referencia”, explica Luciano. El proyecto mutó entonces hacia el terreno de la restauración de la antigua pasarela, en lugar de la construcción de una nueva. El consistorio de Carracedelo recogió entonces el testigo de la asociación y financió con 80.000 euros la obra del puente, llevada a cabo por el ingeniero Ventura Granja, residente en Valiña y, por lo tanto, ligado a la historia de los puentes colgantes. Los contactos de Luciano en la cementera facilitaron la llegada de los cables que sostienen la estructura, que provenían de los puentes grúa de la empresa.

Para Luciano, la existencia de la antigua pasarela “demostraba que teníamos derecho a tener nuestro puente”. “Del otro lado del río está el monte que tenemos para el pueblo, toda la leña venía de ahí, y durante gran parte del año no podíamos pasar, ya que el río era insalvable”, argumenta y recuerda que en la zona “hubo otro puente colgante que comunicaba La Vega con Peón, pero hace casi 40 años que se lo llevó el río”.

El nombre de puente de la barca, con el que se bautizó la estructura tras su inauguración en el año 2005, hace referencia a la existencia años atrás y en el mismo punto del río de un paso con barcazas. “Por esta vaguada venía la gente que iba a la popular feria ganadera de Cacabelos del 2 de mayo desde los pueblos de la Cabrera y un barquero los cruzaba de lado a lado”, recuerda Luciano. “Hubo una barca tan grande que incluso pasaban el ganado en ella”, explica, y recuerda como, siendo un niño, alguna vez salía a “cometer alguna travesura” en un bote que no estuviera bien amarrado.

A día de hoy, la última de esas barcas que navegó entre las dos orillas se mantiene como parte del paisaje de la zona de baño que se ha creado alrededor de la pasarela. “Durante el verano es el sitio más visitado de todo el pueblo”, presume Luciano. Él mismo ha utilizado la cubierta del bote para dibujar en ella las sendas de montaña que conectan con Carucedo, Las Médulas y el cercano poblado fortificado de El Castrelín.

Puente colgante sobre el río Sil de La Valiña, en la localidad de Requejo
Puente colgante sobre el río Sil de La Valiña, en la localidad de Requejo

Valiña, el pueblo atrapado entre dos aguas

Siguiendo el serpenteo del Sil a su paso por el municipio de Toral de los Vados, el puente de Valiña, con sus 110 metros de longitud, destaca como el más largo de los que actualmente aún desafían a la gravedad y conecta la localidad de Requejo con el pueblo de Valiña, atrapado entre los cursos del propio Sil y del arroyo de Firulledo. Chelo Voces era sólo una niña cuando el puente se alzó, a principios de la década de los 70, y su familia era una de las siete que por aquel entonces habitaba la localidad.

“En el pueblo había un pedregal muy grande y entonces la arena para las obras se sacaba de los ríos, así que vino un señor llamado Alberto Calleja a explotar la arena y llevársela en camiones”, recuerda Chelo. “Por lo que le se iba a llevar por la arena del pedregal, el pueblo le pidió que pusiera el puente así que buscó un ingeniero de la Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP), llamado Emilio Taboada, que fue quien diseñó la pasarela y dirigió la obra”, explica la vecina de Valiña.

El Concejo, que era la forma de organización del gobierno local en la época, puso la madera para las tablas y “todos los vecinos ayudaron en lo que pudieron”. “Cuando mi padre no podía ir, recuerdo ir yo a recoger agua para hacer cemento”, explica Chelo, que reconoce que el encofrado de la estructura así como la colocación de las pilastras y las vigas de hierro que la soportan la realizaron albañiles profesionales contratados por el constructor. “Los cables tensores también provenían de la MSP, gracias a la mediación del ingeniero que dirigía la obra”, recuerda Chelo.

Tras los trabajos de construcción y pocos días antes de inaugurar la nueva pasarela, un temporal provocó que reventaran los tensores que sujetan el suelo del puente al cable de la estructura. “Los tensores de los lados aún no se habían colocado porque no había dado tiempo”, explica Chelo, que recuerda que la riada no fue capaz de llevarse el puente pese al destrozo que ocasionó. Para evitar que algo así volviera a ocurrir y que los peatones fueran zarandeados por el viento a su paso por el puente, el ayuntamiento de Corullón, al que por entonces pertenecía la localidad de Valiña, colocó unos tensores laterales anclados a la ribera del río. Con estos cables adicionales, denominados vientos, se evita que la estructura pueda darse la vuelta.

La memoria de Chelo alberga el recuerdo de otro puente colgante en Toral de los Vados, que cruzaba el curso del río Burbia, en lugar del Sil. “Antes de que se construyera el puente de piedra por el que pasa la carretera, existía uno que era propiedad de la cementera, que se usaba para explotar la cantera”, explica la vecina de Valiña, La cementera de la que habla es la fábrica de Cosmos en la que trabajó Luciano y que cedió los cables para construir el puente de Villadepalos.

Chelo echa la vista atrás para recordar que los vecinos de Valiña también cruzaban el río en botes antes de la construcción del puente colgante. “Cambió el pueblo bastante porque antes había que estar pendiente. Si iba alguien, llamaba y si le oían, bien, y si no, pues allí se hartaba de esperar. Cuando sabías que venía algún familiar, ya estabas pendiente”, explica la vecina de la localidad, que recuerda como en aquellos años “cada vecino tenía una barca”. “Desde nuestra casa se oía muy bien todo porque la cocina daba hacia el río y la gente subía a la peña que hay frente a las casas a gritar. Cuando les oíamos avisábamos a los vecinos para decirles que estaba aquí su padre o su hermano”, rememora.

La construcción del puente acabó con ese trajín de pequeños navegantes que cruzaban el río. “Con la barca había que tener mucho cuidado cuando había mucha corriente o venían riadas muy grandes porque podía dar la vuelta, así que a los pequeños no nos dejaban cruzar”, explica la vecina de Valiña. “Con el puente fue otra cosa porque ya se podía pasar sin necesidad de estar a la espera, fue una cosa muy buena en aquellos años y era lo máximo que había”, añade.

Las tablas originales de la pasarela, elaboradas con madera de negrillo de la zona, fueron rompiéndose y el Concejo fue el encargado de ir reparando poco a poco la estructura. “Mucha gente joven no sabe de lo que hablamos pero los que somos de pueblo sabemos lo que era aquello, cuando iba todo el mundo a trabajar en lo que podía”, recuerda Chelo, cuyo marido colaboró en la construcción, diez años más tarde, del camino que sacó definitivamente a la localidad de su aislamiento.

“Nuestra familia tenía tierras en Requejo, del otro lado, y cruzábamos el puente para ir a trabajar”, explica Chelo, que al hacer memoria sobre el uso que los habitantes daban a la pasarela recuerda que “se usaba muchísimo, hasta para bajar a buscar el pan, porque no había el camino que hay ahora, era lo que tocaba en los pueblos”.

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