Hay despedidas que no caben en una agenda de obra. Se sienten en el pecho, en la memoria, en la forma en la que una comarca aprendió durante décadas a orientarse mirando al horizonte. Este jueves, las dos grandes chimeneas de Central térmica de Compostilla II afrontan sus últimas horas en pie. Será uno de los hitos finales del desmantelamiento de la vieja central.
En 2023 desaparecieron ya las torres de refrigeración, parte inseparable de la silueta que miles de bercianos guardan en la retina. Ahora llega el turno de los gigantes que durante medio siglo ejercieron de faro industrial: 290 y 270 metros de altura, correspondientes a los grupos IV y V. Dos lanzas de hormigón que, para muchos, eran el verdadero mástil de esa bandera invisible que fue la minería.
Durante años hubo intentos por frenar este momento. Desde la petición de declaración como Bien de Interés Cultural ante la Junta de Castilla y León -siguiendo el espejo de lo hecho en As Pontes- hasta la denuncia del colectivo Bierzo Ya por un supuesto impacto medioambiental de la demolición. Las iniciativas no prosperaron y la justicia acabó archivando el procedimiento al no apreciarse pruebas que sustentaran ese riesgo. La cuenta atrás siguió corriendo.
César Sánchez / ICAL. Chimeneas de la central térmica de Compostilla en Cubillos del Sil (León), que serán derruidas el próximo día 12 de febrero
Un perfil que marcaba el regreso a casa
Para varias generaciones, las chimeneas eran el aviso de que el viaje terminaba. Bastaba coronar el Manzanal para buscarlas con la mirada y respirar el alivio del retorno. No había GPS más emocional que ese: verlas era volver al Bierzo.
Su presencia no solo definía el paisaje; definía una forma de vida. Turnos de trabajo, economías familiares, barrios enteros que crecieron al calor de la térmica. En 2007 la planta empleaba a 238 trabajadores directos, sin contar el empleo inducido que alimentaba talleres, transportistas, hostelería y comercio. Era músculo industrial, pero también rutina cotidiana.
Del fin del carbón al silencio administrativo
La historia de Compostilla es, en buena medida, la historia energética del noroeste. La primera planta de Endesa se había inaugurado en 1949 en Ponferrada. Aquel impulso continuó en Cubillos con un complejo concebido para aprovechar la hulla y la antracita de las cuencas del Bierzo y Laciana, conectado al ferrocarril minero y alimentado por el agua garantizada gracias al embalse de Bárcena. Era la central “a pie de mina”, la alianza perfecta entre extracción y producción eléctrica.
El desarrollo fue escalonado. El grupo I arrancó en 1961, el II en 1966 y el III en 1972. Tras las crisis del petróleo llegaron los IV y V, puestos en servicio entre 1981 y 1985, los mismos a los que pertenecen las chimeneas que ahora se despiden. La instalación se modernizó con sistemas de desulfuración y mejoras técnicas, pero el rumbo de la política energética europea, cada vez más exigente con las emisiones, terminó por dibujar un horizonte inevitable.
En noviembre de 2018 la compañía solicitó el cierre dentro del proceso de abandono del carbón en España. El 30 de junio de 2020 la central quedó definitivamente desconectada de la red. Después llegaron los proyectos de desmantelamiento, los estudios ambientales y las programaciones de derribo.
Hubo propuestas para reconvertir parte del complejo en museo o centro cultural. La plataforma Bierzo Ya pidió en 2022 la incoación del BIC para preservar chimeneas y torres. La Dirección General de Patrimonio rechazó finalmente el procedimiento por motivos económicos y técnicos, abriendo la puerta a continuar con el calendario previsto.
Y así se llega a este jueves. A la imagen que muchos no querían ver. A la certeza de que el skyline berciano será distinto cuando el polvo se asiente.
Las chimeneas de Compostilla fueron durante décadas la prueba de que aquí había trabajo, industria y futuro. También el recordatorio de un modelo que se agota. Su caída marca el cierre de una etapa y deja a la comarca ante el reto de escribir la siguiente.
Cuando desaparezcan, el horizonte quedará huérfano durante un tiempo. Hasta que nuevas referencias -quizá menos altas, quizá menos rotundas- vuelvan a enseñar a los bercianos dónde está casa.
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