: Lo que mueven las fiestas de La Encina

Once días de fiestas en Ponferrada: conciertos gratuitos, peñas, feria y hostelería a pleno gas. Así se reparte el dinero que mueve La Encina cada septiembre.

26 de Agosto de 2026
Actualizado: 26 de Agosto de 2026 a las 11:19
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Desfile de carrozas de las Fiestas de la Encina Dani Merino (21)
Desfile de carrozas de las Fiestas de la Encina Dani Merino (21)

Del 29 de agosto al 9 de septiembre, Ponferrada cambia de horario y de tamaño. Las fiestas en honor a la Virgen de la Encina, patrona del Bierzo, son once días en los que la ciudad multiplica su calle: llegan los feriantes, vuelven los que trabajan fuera, las terrazas doblan turnos y las orquestas y los grandes conciertos ocupan las noches. Debajo del programa hay algo que se comenta menos: La Encina es también el mayor movimiento económico del calendario ponferradino, y su dinero se reparte por más bolsillos de lo que parece.

Basta pasear el recinto ferial para entender la escala. Cada atracción, cada caseta y cada puesto paga su tasa por ocupar la calle, contrata suministro y personal, y confía en hacer en once días una parte seria de su año.

 

El otro negocio de la fiesta

 

La feria es, en el fondo, la industria del ocio de pago más antigua que existe, y siempre tuvo su rincón de azar: la tómbola, la rifa, la caseta en la que se prueba suerte por unas monedas. Esa parte del ocio también se ha mudado de la calle al bolsillo. Hoy vive en el móvil y con reglas: en España solo pueden operar los casinos online con licencia estatal, y Relevo mantiene un ranking que explica cómo puntúa cada casa, con qué criterios de seguridad y qué condiciones aplica, antes de recomendarla. Es la diferencia de siempre entre la caseta con permiso municipal y el feriante que monta sin él, trasladada a internet. Y como en la caseta, la gracia está en saber retirarse: juego solo para adultos, con pausa y con tope, que la fiesta dura once días y conviene llegar entero al último.

Para el gremio ferial, Ponferrada es una parada mayor en la ruta que encadena las fiestas del noroeste entre agosto y septiembre. Vienen de otra plaza y se marcharán a la siguiente, con el año montado sobre una decena de fechas buenas: si llueve la semana grande, el ejercicio entero se resiente; si el tiempo acompaña, La Encina paga el invierno.

El resto del negocio festivo es menos vistoso pero más ancho. La hostelería vive aquí sus mejores días del año: barras extra, contrataciones de refuerzo, proveedores que sirven a diario donde antes servían por semana y turnos en el casco antiguo que no existen el resto del calendario. Los hoteles y apartamentos de la comarca trabajan con las visitas de los emigrados que vuelven por la patrona, un turismo familiar que no aparece en las estadísticas de temporada pero que sostiene buena parte del gasto de estos días.

 

El programa como inversión

 

La otra mitad de la economía festiva la pone el programa. El pistoletazo lo da el encuentro de peñas que abre las fiestas, un formato que la ciudad ha recuperado con fuerza y que llena las calles del centro antes de que suene el primer concierto. Las peñas son gasto que se queda entero en el barrio: camisetas, charangas, avituallamiento y mucha barra.

Los conciertos marcan el resto del calendario. La plaza del Ayuntamiento concentra las citas gratuitas, con Javier Ojeda, La Guardia y La Banda Sabinera el día 3 y El Consorcio el día 4, mientras que la cita del Auditorio con Viva Suecia el sábado 5 pone la entrada de pago en el cartel. Entre medias, la Ciudad Mágica del parque de la Concordia para los críos y el Castle Fest del día 7 para el público joven.

La fiesta de día tiene su propia clientela: la Ciudad Mágica convierte el parque en el mejor aliado de los padres que estiran el vermú, las casetas de las asociaciones financian con estas dos semanas la actividad de todo el curso y el pequeño comercio del centro, que el resto del año pelea contra la periferia comercial, recupera durante once días el tráfico de peatones que tanto echa de menos.

Las verbenas tienen su propia industria detrás. Agosto y septiembre concentran los contratos del año para las orquestas, y una plaza como Ponferrada compite por las mejores fechas con media provincia: detrás de cada noche de baile hay una empresa con nóminas, camiones, técnicos y un calendario que se negocia desde enero. Un programa así es inversión municipal pura: cada euro de contratación se recupera por la vía indirecta de las barras, los taxis, las cenas y las camas que llenan quienes bajan de toda la comarca a un concierto gratis.

El día 8, el de la patrona, la fiesta enseña su otra cara: la institucional y la religiosa, la de los gigantes y cabezudos y la ofrenda. Es el día que menos dinero mueve y el que explica todos los demás, porque sin la devoción a la Morenica no habría fecha alrededor de la cual construir todo lo anterior.

Cuando el día 9 se apaguen las últimas atracciones, Ponferrada volverá a su tamaño. Quedará el balance: el de los feriantes que amortizaron el viaje, el de los hosteleros que amarraron el otoño y el de un ayuntamiento que sabrá si sus conciertos gratis salieron rentables por todo lo que dejaron alrededor. La Encina se celebra por la patrona, pero se sostiene por algo muy terrenal: es el mejor negocio del año para media ciudad, y la otra media lo disfruta sin preguntarse cuánto cuesta.