Hay símbolos que representan una ciudad y otros que terminan formando parte de su carácter. En Ponferrada, La Carrasca pertenece a ambas categorías. Sopla las 100 velas y en este siglo ha contemplando el ir y venir de los bercianos, observando cómo la capital del Bierzo cambiaba de ritmo, de tamaño y de paisaje urbano sin perder del todo su memoria. Ahora, cuando la estatua cumple cien años, su figura de mármol sigue en pie, silenciosa e inmóvil, convertida ya en una de las grandes testigos de la historia contemporánea de la ciudad.
La historia de La Carrasca comenzó oficialmente el 10 de octubre de 1926. Aquel día fue inaugurado el monumento dedicado al escritor berciano Enrique Gil y Carrasco, autor de El Señor de Bembibre. La iniciativa partió de la colonia berciana emigrada a Buenos Aires, que quiso rendir homenaje a uno de los nombres más universales de la literatura berciana. La escultura, diseñada por Arturo González Nieto y ejecutada por el escultor gallego José Juan González, fue elaborada con mármol procedente de las canteras de Cuevas del Sil.
La figura femenina representa a la musa vinculada tradicionalmente con Gil y Carrasco, identificada por muchos historiadores y cronistas como Eladia Baylina. Sin embargo, con el paso de las décadas, la estatua dejó de ser únicamente un homenaje literario para adquirir personalidad propia. Los bercianos dejaron de verla como “la musa de Gil” y comenzaron a llamarla simplemente “La Carrasca”, como si fuera una vecina más de la ciudad.
Tres emplazamientos
Su primer hogar fue la Plaza de la Encina, corazón histórico de Ponferrada durante buena parte del siglo XX. Allí contempló una ciudad todavía pequeña, de calles empedradas y vida tranquila, marcada por las ferias, las procesiones y el comercio tradicional. Pero alrededor de 1940, coincidiendo con obras de pavimentación y cambios urbanísticos y políticos de la época, la escultura fue trasladada al Parque del Plantío.
En el Plantío pasó varias décadas decisivas para la ciudad. Desde aquel enclave vio cómo Ponferrada dejaba atrás su perfil de villa para convertirse en una ciudad industrial ligada al carbón, a la minería y al crecimiento económico del Bierzo. La Carrasca asistió, sin moverse un centímetro, al auge de la MSP, a la llegada masiva de coches, al crecimiento de nuevos barrios y a la transformación del urbanismo berciano durante la segunda mitad del siglo XX.
A finales de ese siglo volvió a cambiar de ubicación. La llevaron a la glorieta situada entre la calle Ancha y General Vives, frente al Plantío, donde permanece actualmente. El traslado la convirtió en una especie de puerta simbólica de Ponferrada para quienes entran desde la avenida de Astorga. También ganó protagonismo visual gracias a la fuente que hoy la rodea, aunque perdió parte de su conjunto original: la base en forma de violeta —flor asociada a Gil y Carrasco— quedó abandonada en el interior del parque.
La Carrasca, testigo vivo del último siglo en Ponferrada
En este siglo de existencia, La Carrasca no solo ha visto crecer Ponferrada, también ha sido testigo directa de algunos de los episodios más importantes de la historia reciente berciana. Desde su pedestal —primero en la Plaza de la Encina, después en el Plantío y hoy en la glorieta de la Avenida General Vives— la estatua ha contemplado cómo la ciudad pasaba de ser una pequeña villa comercial a convertirse en capital industrial y administrativa del Bierzo.
Durante los años 30, observó una ciudad marcada por la tensión política de la Segunda República y, poco después, por las consecuencias de la Guerra Civil. En la década de los 40, vio llegar el hambre y las cartillas de racionamiento, pero también el inicio del gran desarrollo minero y energético que transformaría por completo la comarca. La creación y expansión de la MSP y el auge de las cuencas mineras llenaron Ponferrada de trabajadores, humo de carbón y nuevos barrios obreros.
La Carrasca vio desaparecer tranvías y carros mientras las calles comenzaban a llenarse de automóviles. Fue testigo de la inauguración de infraestructuras decisivas, como los nuevos puentes sobre el Sil, la expansión ferroviaria y la construcción de Compostilla, cuya actividad marcó durante décadas el ritmo económico berciano.
En los años 70 y 80 contempló otro cambio radical: el final progresivo del esplendor minero y la reconversión industrial. Mientras muchas explotaciones cerraban y miles de familias bercianas afrontaban una incertidumbre laboral, Ponferrada empezaba a orientarse hacia los servicios, el comercio y la administración. También vio crecer instituciones fundamentales para la ciudad moderna, como el Hospital El Bierzo, inaugurado en 1994, o la consolidación de la UNED y posteriormente del Campus de Ponferrada de la Universidad de León.
La estatua también presenció algunos de los momentos de mayor celebración colectiva de la ciudad. Vio ascender a la SD Ponferradina y cómo El Toralín se convertía en símbolo deportivo berciano. Contempló fiestas multitudinarias de la Encina, manifestaciones mineras, visitas reales y campañas electorales que llenaban las calles del centro.
Pero si hubo un acontecimiento que proyectó internacionalmente la imagen de Ponferrada, ese fue el Campeonato del Mundo de Ciclismo en Ruta de 2014. Durante una semana, la ciudad recibió a los mejores ciclistas del planeta y a miles de visitantes llegados de decenas de países. Las calles por las que La Carrasca llevaba décadas observando el tráfico cotidiano se llenaron entonces de banderas, retransmisiones internacionales y aficionados al ciclismo.
También 'vio' acontecimientos menos festivos, como las grandes protestas del carbón de 2012, cuando cientos de mineros recorrieron las calles bercianas defendiendo el futuro de las cuencas. O la pandemia de COVID-19, que dejó una imagen inédita para una ciudad acostumbrada a sus gentes: avenidas vacías y silencio alrededor de la glorieta donde permanece la escultura.
En paralelo, La Carrasca ha observado la transformación física de Ponferrada: la peatonalización del centro, la recuperación del Castillo de los Templarios como motor turístico, la creación de nuevos barrios, centros comerciales y avenidas, así como la desaparición de edificios históricos que formaban parte del paisaje urbano del siglo XX.
Y mientras todo cambiaba a su alrededor —la economía, la política, los hábitos y hasta la forma de vivir de la ciudad— ella permaneció inmóvil. Quizá por eso muchos bercianos la consideran hoy mucho más que una estatua: una memoria silenciosa de Ponferrada.
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