Si algo define la experiencia de la Segunda República en El Bierzo es su arraigo municipal. No fue un fenómeno abstracto ni exclusivamente ideológico: se concretó en ayuntamientos, escuelas, sindicatos y en una red social muy activa, especialmente en las cuencas mineras. Por eso, cuando llega el golpe de julio de 1936, la represión se dirige de forma inmediata y deliberada contra los alcaldes y concejales republicanos, considerados la expresión más visible del nuevo régimen.

El poder local como objetivo prioritario
Los ayuntamientos bercianos habían asumido durante la República funciones clave como el impulso de la educación pública, la regulación del trabajo en contextos mineros y también la aplicación de reformas agrarias o fiscales a pequeña escala. Es por ello que figuras como Juan García Arias en Ponferrada y Antonio Gabelas Álvarez en Villafranca del Bierzo eran mucho más que representantes políticos: eran intermediarios directos entre el Estado republicano y la vida cotidiana.
Cuando se produce el golpe militar, El Bierzo queda rápidamente bajo control sublevado. A diferencia de otras zonas donde hubo frente de guerra prolongado, aquí la violencia adopta desde el principio la forma de represión selectiva y ejemplarizante.

Alcaldes truncados
Juan García Arias encarna bien ese proceso. Como alcalde de Ponferrada —nombrado en mayo de 1936 en el contexto político del Frente Popular— había participado en la normalización institucional republicana en la ciudad. No era un dirigente nacional ni un líder revolucionario, sino un cargo local, representativo de ese republicanismo cotidiano.
Tras el golpe, fue detenido y fusilado el 30 de julio de 1936. Su ejecución se inscribe en una dinámica ampliamente documentada: la eliminación rápida de autoridades civiles para evitar cualquier reorganización o resistencia.
En Villafranca del Bierzo, el alcalde Antonio Gabelas Álvarez fue fusilado el 21 de septiembre de 1936 tras consejo de guerra, en el marco de una represión que afectó a buena parte de la corporación municipal. No se trataba solo de castigar responsabilidades individuales, sino de desarticular redes políticas completas.
En Bembibre, el regidor Arturo García Alonso fue ejecutado en 1937 dentro de un episodio especialmente significativo de la represión en el Bierzo Alto: el de los llamados “20 de Bembibre”.
El 5 de mayo de ese año, veinte hombres —entre ellos el propio alcalde— fueron fusilados tras un consejo de guerra que los condenó por “rebelión militar”, en el marco de una causa abierta contra decenas de vecinos por la resistencia organizada en la villa tras el golpe de julio de 1936.
La ejecución se produjo de madrugada, y sus cuerpos fueron enterrados en el antiguo Cementerio del Carmen, sin que durante décadas pudieran ser recuperados por sus familias.
El caso de Bembibre ilustra con claridad una dimensión clave de la represión: no solo se eliminaba a los cargos públicos, sino también a trabajadores, mineros y vecinos implicados en la defensa del orden republicano. Comerciantes, obreros, artesanos y jornaleros formaban parte de ese grupo, reflejando el carácter social amplio de la violencia represiva.
Más que un episodio aislado, fue una macrocausa destinada a desarticular toda una comunidad política, y a fijar un mensaje inequívoco: la derrota no admitía continuidad posible. Se trataba de cortar de raíz la estructura que había sostenido la vida política republicana en la Comarca.

Una represión con base social
La violencia no se detuvo en los ayuntamientos. Se extendió a maestros, sindicalistas, mineros y pequeños funcionarios. El Bierzo, con su fuerte tradición obrera, fue especialmente castigado.
Esa misma red social que había dado vida a la República facilitó después la identificación de los represaliados. La represión fue, en ese sentido, también una forma de reordenar la sociedad desde el miedo.
Manuel Girón: De la derrota a la resistencia
En ese contexto emerge la figura del guerrillero Manuel Girón Bazán. Nacido en Salas de los Barrios, su trayectoria resume el paso de la guerra a la resistencia armada.
Tras el final del conflicto, se internó en el monte y organizó partidas guerrilleras activas entre León y Galicia, integradas en la Federación de Guerrillas de León-Galicia.
Su resistencia durante más de una década se apoyó en el conocimiento del terreno, en redes de apoyo —muchas de ellas sostenidas por mujeres— y en una idea de continuidad: la de que la lucha no había terminado.
Murió en 1951, después de hasta cuatro intentos y confusiones previas, traicionado por alguien de su entorno. Con su caída, la guerrilla perdió uno de sus referentes, y la dictadura consolidó su control. Pero su figura quedó suspendida entre la historia y la memoria: entre el mito y la experiencia vivida.

De la fosa al espacio público
Durante décadas, todo ese pasado quedó en silencio. Sin embargo, en los últimos años, El Bierzo ha comenzado a incorporar esa memoria al espacio público.
En las inmediaciones de Montearenas, en Ponferrada, la escultura Estela de los Condenados II recuerda a los fusilados en ese paraje, convertido en lugar de ejecución durante la represión.
Muy cerca, el Cementerio del Carmen se ha transformado en un espacio clave de memoria, donde las exhumaciones y homenajes han permitido recuperar nombres y trayectorias.
En la Plaza del Ayuntamiento de Ponferrada, 15 adoquines recuerdan a bercianos deportados a los campos nazis, conectando la historia local con la dimensión europea del Holocausto.
Pero la memoria también alcanza otros espacios menos visibles. En Fabero, antiguos barracones recuerdan los destacamentos penales donde presos republicanos fueron obligados a trabajar en la minería. En Camponaraya y en las obras del Canal del Bajo Bierzo, esa misma lógica convirtió la represión en infraestructura.
Fosas, cementerios, minas, canales: El territorio conserva las huellas de esa historia, aunque durante mucho tiempo no se nombraran.
14 de abril: Memoria en presente
Hoy, cuando llega el 14 de abril, no se recuerda solo la proclamación de la República. En El Bierzo, esa fecha funciona también como un hilo que conecta tiempos distintos.
Conecta los ayuntamientos que intentaron transformar la vida cotidiana con la violencia que los destruyó. Conecta a los alcaldes fusilados con quienes resistieron en el monte. Conecta el silencio de décadas con los nombres que hoy vuelven a leerse en placas, piedras y memoriales.
El paisaje berciano —sus montes, sus pueblos, sus caminos— no es solo geografía. Es también memoria acumulada.
Y cada gesto de recuerdo, cada nombre recuperado, cada lugar señalado, no cambia el pasado. Pero sí transforma el presente: lo hace más consciente, más complejo, más humano.
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