Los vehículos, cargados de 900 toneladas de hierro, se subieron al puente García Ojeda el 3 de septiembre de 1971 para comprobar su resistencia pocos días antes de su inauguración
Doce camiones Pegaso cargados de hierro, alineados sobre una infraestructura todavía pendiente de inaugurar, protagonizaron el 3 de septiembre de 1971 una de las imágenes más curiosas de la historia reciente de Ponferrada. El objetivo era comprobar mediante una tradicional prueba de carga la resistencia del puente García Ojeda, llamado a transformar las comunicaciones entre la zona alta y la zona baja de la ciudad.
Este jueves se cumplen 55 años de aquella escena. Los vehículos pesados se concentraron sobre el tablero para someter la estructura a una elevada carga estática y verificar su comportamiento antes de abrirla al tráfico. La prueba confirmó la solidez de una obra que, más de medio siglo después, continúa plenamente integrada en la circulación diaria de la capital berciana.
El puente se construyó a finales de los años 60 y comienzos de los 70 a los pies del Castillo de los Templarios. Su ejecución pretendía desahogar el tráfico de la antigua carretera Madrid-La Coruña y, al mismo tiempo, mejorar una conexión urbana que históricamente había resultado complicada por la orografía y la presencia del río Sil.


Aquel objetivo continúa resonando en los debates urbanísticos de Ponferrada. La propuesta de soterrar la avenida del Castillo, planteada años atrás y posteriormente descartada en favor de una solución de semipeatonalización, buscaba responder a un problema similar: reducir la barrera entre el casco antiguo y la parte baja de la ciudad. Cambian las soluciones, pero permanece el reto de “coser” ambas zonas de la capital berciana.
El hombre que construyó el esqueleto del puente
Detrás de la infraestructura se encuentra también la historia de Alfredo Carballo Valtuille, natural de Camponaraya y propietario de la empresa Ceinca. A finales de los años 60 aceptó participar en una obra que, por su complejidad y por la falta de medios técnicos, pocas empresas se atrevían a asumir.
El acuerdo comenzó a tomar forma en la desaparecida peluquería Derby, uno de aquellos establecimientos en los que también se cerraban tratos empresariales. Carballo vio por primera vez los planos en una de las antiguas viviendas adosadas al Castillo de los Templarios y asumió la construcción de la estructura metálica que serviría de esqueleto al futuro puente.
Su empresa estaba acostumbrada a fabricar ventanas, naves y otras estructuras de hierro, pero nunca había afrontado una obra de estas dimensiones. Cada una de las piezas pesaba alrededor de 5.000 kilos y debía ser elevada, trasladada sobre el río y ensamblada con precisión.



La inexistencia de grúas capaces de manejar aquellos elementos obligó a Carballo a adaptar una pluma utilizada habitualmente para montar naves industriales. Con ese sistema consiguieron mover las dos mitades de los arcos, sobre las que los trabajadores tenían que subirse posteriormente para soldarlas.
La colocación de la estructura metálica comenzó en primavera y se prolongó durante aproximadamente cinco o siete meses. Mientras avanzaban los trabajos, algunos vecinos observaban desde abajo y dudaban de que las dos mitades de los arcos llegasen a encajar. Finalmente cerraron y el esqueleto quedó cubierto por el hormigón que todavía hoy define la imagen del viaducto.
Este fue el único puente en el que trabajó Alfredo Carballo. Décadas después, él y su familia recuperaron fotografías y vídeos inéditos de la construcción, incorporando a la memoria gráfica de Ponferrada el proceso que permitió levantar una de sus infraestructuras más reconocibles. InfoBierzo recogió su testimonio y las imágenes conservadas por la familia.
La infraestructura recibió inicialmente el nombre popular de Puente Nuevo. Posteriormente, por iniciativa del entonces alcalde Celso López Gavela, pasó a denominarse puente García Ojeda en reconocimiento a Luis García Ojeda, último alcalde predemocrático de Ponferrada y principal impulsor de la obra.
La construcción, realizada en hormigón armado, tiene una longitud aproximada de 180 metros y cuenta con dos vanos formados por arcos parabólicos, con luces de 55 y 23 metros. Cada uno está compuesto por seis arcos paralelos unidos mediante vigas transversales.
El tablero alcanza unos 20 metros de anchura, espacio suficiente para albergar una calzada de doble sentido, amplias aceras y carriles de estacionamiento. Unas dimensiones concebidas para responder al crecimiento del tráfico de la época y que permitieron que la estructura continuase desempeñando su función durante las décadas siguientes.

Cincuenta y cinco años después de aquella singular prueba de carga, la imagen de los doce Pegaso sobre el tablero recuerda el nacimiento de un puente que no solo permitió cruzar el Sil. También acercó dos partes de Ponferrada y terminó convirtiéndose, junto al Castillo de los Templarios, en uno de los elementos más reconocibles del paisaje urbano de la ciudad.
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